Gael asintió.
Después puso la última fotografía frente a mí.
Había una nota escrita en la parte posterior.
**“Seguir dejando comida. Que Rosa nunca sepa quién la paga.”**
Levanté la mirada.
—Yo pensaba que eran sobras.
—Nosotros también —respondió Mariana.
Gael abrió entonces un pequeño cuaderno encontrado dentro de la misma caja.
Había fechas, cantidades de comida y nuestros nombres.
Y en la última página aparecía una frase:
**“Si esos niños regresan algún día, entregarles lo que quedó pendiente.”**
Debajo había una dirección.
No era la casa antigua.
Era otro lugar, a las afueras de Toluca.
Y por la forma en que los tres me miraron entendí que no habían vuelto solamente para agradecerme.
Habían regresado porque alguien más llevaba dieciocho años esperando que fuéramos juntos.
Parte 2:
La dirección quedaba rumbo a **Zinacantepec**, en una zona que dieciocho años atrás apenas tenía algunas casas. Gael propuso ir esa misma tarde. Yo quería decir que no. Algo en aquella libreta me inquietaba más de lo que podía explicar. Durante años había conservado el recuerdo de esos niños como una de las pocas cosas sencillas de mi vida: había comida que iba a desperdiciarse, ellos tenían hambre y yo se la llevaba. Ahora resultaba que alguien había estado observándonos, pagando parte de aquellos alimentos y anotando cada encuentro.
Antes de salir pregunté por mi antigua patrona, **doña Beatriz Alcántara**. Mariana abrió el cuaderno. —Murió hace siete años. La noticia me sorprendió. Beatriz había sido una mujer difícil, seca, obsesionada con el orden. Jamás la escuché hablar con ternura de nadie. —Entonces ¿quién nos espera? Gael señaló la última página. Junto a la dirección había unas iniciales: **E.A.** —Eso queremos averiguar.
Llegamos a una casa pequeña detrás de un vivero. Nos abrió un hombre de unos setenta años. Cuando dije mi nombre, se quedó observándome. —Pensé que nunca vendrían los cuatro. Se presentó como **Esteban Alcántara**, hermano menor de Beatriz. Sobre una mesa tenía otra caja. —Mi hermana me pidió conservar esto. Si los muchachos regresaban algún día buscando a Rosa, debía entregárselo únicamente estando ustedes juntos.
—¿Por qué Beatriz compraba la comida a escondidas? pregunté.
Esteban sonrió con tristeza. —Porque al principio no lo hacía.
La primera vez sí habían sido sobras. Beatriz me vio desde una ventana entregándoselas a los niños. No dijo nada. Días después revisó la basura y descubrió que yo estaba separando alimentos. En lugar de despedirme, empezó a pedir deliberadamente más comida de la necesaria. Algunas veces ordenaba fruta adicional. Otras hacía que la cocinera preparara porciones de más. Después repetía delante de mí la misma frase: “Lo de ayer se tira”.
—¿Por qué no me lo dijo?
—Porque mi hermana tenía una forma complicada de ayudar. No soportaba que le agradecieran.