Parte 2:
Javier no volvió a sentarse. Doña Elvira tampoco tocó su plato. Yo seguía con la carpeta abierta frente a mí, intentando entender por qué mis depósitos, el supermercado y hasta los recibos de luz estaban separados entre “familia” y “temporal”. —Explícamelo sin rodeos —dije. Javier miró a su madre antes de responder. Ese pequeño gesto me confirmó que la explicación ya había sido ensayada entre ellos.
Según Javier, cuando Elvira llegó a vivir con nosotros no fue solamente porque estuvieran reparando su casa. Seis meses antes había vendido aquella propiedad. Parte del dinero se utilizó para pagar deudas que Javier tenía desde antes de nuestro matrimonio y otra parte estaba guardada para remodelar nuestro departamento. —¿Nuestro? —pregunté. El departamento lo habíamos comprado tres años después de casarnos y yo había aportado casi la mitad del enganche. Javier comenzó a hablar de porcentajes, pagos y un acuerdo con su madre que nunca me había mencionado.
Elvira intervino. Ella había entregado dinero a Javier con la condición de que, más adelante, pudiera quedarse definitivamente con nosotros. Querían cerrar una parte del departamento para hacerle una habitación con baño propio. Esa era la “fase dos”. —¿Y cuándo pensaban preguntarme? —pregunté. —Cuando estuviera todo más claro —respondió Javier. Miré nuevamente la carpeta. —Parece bastante claro desde hace dieciocho meses.
Entonces pregunté por la palabra “temporal”. Elvira bajó la mirada, pero Javier intentó explicarla como una categoría contable. Dijo que su madre llevaba las cuentas de lo que cada persona aportaba porque quería saber cuánto costaba mantener la casa. —Curioso —respondí—. Para calcular gastos sí soy temporal, pero para pagarlos no. Javier se molestó. Insistió en que yo estaba mezclando dos asuntos distintos. Fue precisamente entonces cuando comprendí que no estaban separados.
Doña Elvira terminó confesándolo. Al mudarse había asumido que tarde o temprano Javier y yo compraríamos algo más grande y que el departamento actual quedaría para ella. Javier nunca se lo prometió formalmente, pero tampoco la corrigió. Por eso ella comenzó a pensar la casa como un espacio de su hijo donde yo ocupaba un lugar condicionado al matrimonio. Las cenas no eran un plan para echarme ni una estrategia calculada. Era algo más pequeño y, por eso mismo, más revelador: cuando cocinaba, pensaba primero en “los suyos”. Yo aparecía después.
—¿Entonces durante dos años simplemente no se te ocurría que yo también cenaba aquí? Elvira se quedó callada. —Pensaba que muchas veces comías fuera por el trabajo. —Llegaba a la misma hora casi todos los días. —Sí. Lo sé. Esa respuesta fue suficiente.
Volví a revisar los papeles y encontré depósitos de Elvira que jamás había visto. Algunos coincidían con pagos extraordinarios que Javier me había dicho haber cubierto con bonos de su trabajo. —¿Cuánto dinero te dio tu mamá? Javier respondió después de hacer cuentas mentalmente. Era una cantidad importante. —¿Y cuánto queda? Esta vez no contestó. Elvira lo miró sorprendida. —¿Cómo que cuánto queda? Javier intentó cerrar la conversación, pero su madre ya había entendido algo.
El dinero no estaba completo. Una parte había pagado las deudas que Elvira conocía. Otra se había usado en gastos que ella desconocía. Javier admitió que había cubierto atrasos de tarjetas, un préstamo personal y varias mensualidades cuando tuvo problemas en el trabajo. Yo tampoco sabía nada de eso. Durante meses había seguido depositando mi parte creyendo que nuestras finanzas estaban estables.
Elvira dejó de mirarme a mí y empezó a interrogar a su hijo. Por primera vez desde que vivíamos juntas, ambas estábamos haciendo exactamente las mismas preguntas. —¿Por eso querías que Natalia siguiera aportando igual? —preguntó. Javier se pasó las manos por la cara. —Necesitaba tiempo para acomodar todo.
Entonces entendí la anotación: “Cuando Natalia deje de aportar para comida, comenzar fase dos”. No significaba que dejar de pagar mi cena activara algún castigo. Mi semana comiendo fuera había hecho evidente que yo empezaba a separar mis gastos. Javier temió que después revisara las demás cuentas, así que decidió adelantar la remodelación antes de que yo preguntara cuánto dinero había realmente.
—¿Qué ibas a traerme esta noche para firmar? —pregunté. Javier negó que hubiera documentos preparados. Elvira lo contradijo sin querer. —¿Y los papeles que recogiste ayer?
La cara de Javier cambió.
Doña Elvira se levantó y fue a su habitación. Regresó con un sobre que había encontrado esa mañana encima de su cómoda. Javier intentó quitárselo. Ella me lo entregó primero.
No era un presupuesto de construcción.
Era una solicitud relacionada con un crédito para financiar la remodelación. Mi nombre aparecía como copropietaria y había espacios marcados donde faltaba mi firma.
Pero en una hoja adicional aparecía algo que hizo que Elvira se sentara otra vez.
Entre los gastos previstos no figuraba solamente la construcción de su habitación.
Había una transferencia proyectada a una cuenta terminada en cuatro números que ella reconoció inmediatamente.
—Esa era mi cuenta —dijo—. La cerré cuando vendí mi casa.
Javier guardó silencio.
Elvira revisó la página otra vez.
—¿Por qué aparece una cuenta mía que ya no existe?
Javier respondió que debía tratarse de información vieja.
Su madre negó lentamente.
—No puede ser. Esa cuenta la cerré antes de venir a vivir aquí.
Entonces señaló la fecha impresa en la solicitud.
El documento había sido preparado hacía apenas tres semanas.
Y por primera vez desde que comenzó aquella cena, entendí que doña Elvira tampoco sabía todo lo que su hijo llevaba haciendo con nuestras cuentas.