Parte 2:
No les dije que había escuchado. Desayuné con ellos y dejé que Patricia me explicara la rutina de su madre como si yo hubiera aceptado el puesto. A las siete medicamentos, a las ocho desayuno, ejercicios a media mañana, comida especial, cambio de ropa y vigilancia durante las siestas. —La fisioterapeuta viene dos veces por semana —añadió—. Los demás días usted puede repetirle los ejercicios. Miré a Esteban. —¿Y cuándo descanso yo? Patricia soltó una risita. —Suegra, tampoco es que mamá dé mucho trabajo. En ese momento doña Elvira golpeó suavemente la mesa con la mano izquierda. Patricia se acercó, le limpió la boca y siguió hablando. Me impresionó la facilidad con que podía llamar “poco trabajo” a una mujer que necesitaba ayuda hasta para beber agua.
Esperé a quedarme sola con Esteban. —¿Qué van a hacer con mi casa? Su cara respondió antes que su boca. —Nada, mamá. —Entonces ¿por qué Patricia dice que van a hablar conmigo de ella? Me explicó que solo habían considerado la posibilidad de rentarla. Según él, mantener una casa vacía en Tepic no tenía sentido y ese ingreso podría ayudar con mis gastos aquí. —¿Mis gastos o los de Elvira? —Son gastos de todos. —Yo tengo pensión. Mi casa está pagada. ¿Qué gasto mío necesitan cubrir? Esteban se irritó. —Siempre buscas lo malo. Te trajimos porque estabas sola. —Me trajiste sin decirme que esperabas que cuidara a una persona dependiente. No contestó. Le pregunté si Patricia sabía desde el principio que yo dormiría en el balcón cerrado. También guardó silencio.
Aquella tarde llamé a mi sobrino Arturo, que vivía en Tepic y me ayudaba con trámites. Le pedí revisar que ningún documento relacionado con mi casa hubiera cambiado y que Lupita conservara las llaves. Después llamé a una agencia y pregunté cuánto costaba realmente una cuidadora para alguien en la condición de doña Elvira. Cuando escuché las tarifas entendí por qué mi llegada les resultaba tan conveniente. Pero hubo algo que me preocupó más. Patricia había dicho que la enfermera cobraba casi seis mil por semana. En el refrigerador encontré un calendario donde aparecía el nombre de una cuidadora, Maribel, tachado hacía casi tres semanas. Doña Elvira llevaba mucho más tiempo sin atención profesional de lo que me habían contado.
No podía dejarla desatendida mientras resolvía mi situación, así que durante los siguientes dos días la ayudé por decisión propia. Fue entonces cuando descubrí que Elvira entendía prácticamente todo. Le costaba hablar, pero podía responder sí o no con movimientos de la mano y escribir algunas letras con dificultad. Cuando Patricia salió a recoger a Emiliano, puse una libreta frente a ella. —La otra noche me dijo algo sobre una casa. ¿Se refería a la mía? Negó. —¿A la suya? Cerró los ojos y apretó mi mano. Sí. Escribió lentamente tres letras: “VEN”. Después otras: “DIO”. Tardé en comprender. —¿Vendió su casa? Elvira negó con tanta fuerza que se agitó.
Esa noche llamé a Maribel usando el número del calendario. Dudó antes de hablar conmigo. Me dijo que había dejado de ir porque Patricia aseguró que ya no podían pagarle. —¿Doña Elvira no tenía seguro ni dinero para cuidados? —Dinero sí tenía —respondió—. Ella me pagaba al principio. Después de hospitalizarse, su hija empezó a manejar sus cosas. Maribel bajó la voz. —La última semana que trabajé ahí, doña Elvira intentó decirme que no encontraba su tarjeta ni unos documentos. Se lo comenté a Patricia y al día siguiente me dijo que ya no regresara.
Sentí frío. No significaba necesariamente que Patricia estuviera robándole, pero ya no podía tratar aquello como una simple familia agotada por cuidar a una enferma. A la mañana siguiente le pedí a Esteban que contratara nuevamente ayuda profesional. —No podemos gastar eso ahora. —Entonces yo regreso a Tepic. —Mamá, acabas de llegar. —Precisamente. Todavía tengo la maleta hecha. Patricia escuchó desde la cocina. —¿Va a abandonarnos con todo esto? —No los estoy abandonando. Nunca acepté hacerme cargo de esto. Su expresión se endureció. —Esteban dejó muchas cosas preparadas para que usted pudiera venirse. —¿Como qué? Ninguno respondió.
Esa tarde Arturo me llamó desde Tepic. —Tía, ¿usted firmó alguna autorización para rentar la casa? —No. —Entonces hay algo raro. Un corredor vino hace dos semanas con Esteban a verla. Lupita los vio entrar porque él todavía tenía una copia vieja de las llaves. Sentí que me faltaba el aire. Arturo había localizado al corredor y este aseguró que Esteban le dijo que su madre se mudaría definitivamente a Guadalajara y que pronto tendría autorización para administrar la propiedad. Todavía no había contrato firmado, pero ya habían tomado fotografías y calculado una renta mensual.
Esperé a que Esteban llegara y puse mi teléfono sobre la mesa. —Mañana regreso a Tepic. Patricia empezó a protestar, pero mi hijo la interrumpió. —Mamá, podemos explicarlo. —Entonces empieza por explicar por qué llevaste a un corredor a mi casa antes de preguntarme si quería rentarla. Esteban se quedó blanco. Patricia tomó aire. —Era solamente para saber cuánto podían darle. —¿Podían darme a mí o cuánto podían sacar ustedes? Antes de que contestara escuchamos un golpe en la habitación de Elvira.
Corrí hacia ella. Estaba intentando alcanzar una bolsa que Patricia guardaba en la parte alta del clóset. La bajé. Mi nuera llegó detrás de mí y trató de quitármela. —Eso es de mamá. —Entonces que ella decida. Elvira golpeó dos veces el brazo de la silla y señaló la bolsa. Dentro había documentos, una chequera y estados de cuenta. Patricia dejó de hablar. Elvira me pidió la libreta y escribió con enorme esfuerzo una sola palabra.
“NOTARIO.”
Miré a mi nuera. Después a Esteban.
Y comprendí que antes de volver a Tepic tendría que ayudar a aquella mujer a hacer algo que llevaba semanas intentando pedir sin que nadie quisiera escucharla.
¿Qué pasó después…?
MI HIJO ME LLEVÓ A SU CASA DICIENDO QUE QUERÍA QUE PASARA MI VEJEZ