Parte 2
Del otro lado estaban Sergio y el administrador del edificio. Mi esposo había llegado todavía con la camisa del trabajo y una expresión que no supe interpretar. El administrador llevaba una carpeta bajo el brazo. —Señora Adriana, recibimos su llamada. Necesitamos verificar quiénes están hospedados aquí porque el reglamento no permite registrar grupos de visitantes por periodos prolongados sin autorización del propietario.
Ofelia volteó hacia Sergio. —Dile que somos tu familia. Sergio miró las maletas, los colchones en la sala y después a mí. —Mamá, ¿por qué hay tanta gente? Ella abrió los brazos. —¡Porque tú me dijiste que podía venir con la familia! —Te dije que podías venir con la tía Rosa y los niños durante el fin de semana. No catorce personas hasta septiembre. Aquello me sorprendió. Sergio había sido irresponsable al no explicarme bien, pero ni siquiera él conocía el plan completo.
El administrador pidió identificaciones para registrar a quienes pasarían esa noche. Ofelia se negó. —Nadie tiene que registrarnos. Esta casa es de mi hijo. —No —dije—. La escritura está a mi nombre y al de Sergio, y ninguno autorizó una estancia de dos meses. Mi suegra me miró como si acabara de insultarla. Entonces hizo algo que terminó de mostrarme hasta dónde pensaba llegar. Sacó de su bolsa un manojo de llaves. —Pues Sergio me dio llave. Puedo entrar cuando quiera.
Sergio se la quitó de la mano. —Te di una copia para emergencias cuando estuvimos de viaje. —¿Y qué diferencia hay? —Toda —respondió él.
Los familiares empezaron a incomodarse. Una prima preguntó si de verdad debían marcharse. Fue entonces cuando descubrimos que Ofelia les había contado otra historia. Les aseguró que nosotros pasaríamos julio y agosto trabajando fuera de León y que la casa estaría completamente disponible. Incluso les dijo que podían ahorrar el dinero de alojamiento y utilizar nuestra cocina, lavadora y estacionamientos.
—¿También les dijiste que nosotros no estaríamos? —pregunté. Ofelia apretó los labios. —Pensé que no te molestaría compartir lo que tienes. —No decidiste compartir algo tuyo. Decidiste compartir algo mío.
Sergio pidió que todos recogieran sus cosas. Para evitar dejar a nadie en la calle, acordamos que podrían permanecer únicamente hasta esa tarde mientras conseguían alojamiento. Yo no cociné. No fui por hielo. Tampoco pagué habitaciones. Los catorce sobres contenían teléfonos y direcciones; cada adulto resolvería dónde dormir.
Cuando finalmente se marchó el último automóvil, nuestra casa parecía haber pasado por una fiesta de tres días. Encontré una sábana manchada, dos vasos rotos y la puerta de mi estudio rayada. Sergio comenzó a limpiar sin decir nada. Cerca de las nueve se sentó conmigo. —La regué. Debí preguntarte antes de decirle a mamá que viniera. —Sí. —Pero te juro que nunca autoricé esto.
Quise creerle. Entonces recordé algo. —¿Cómo entraron todos si tú estabas trabajando y yo tenía mis llaves? Sergio levantó lentamente la cabeza.
Revisamos la cámara de la entrada. La grabación mostraba a Ofelia llegando con los primeros familiares. Sacó una llave y abrió. Después apareció otro detalle: detrás de ella venía un cerrajero cargando una caja de herramientas.
Sergio llamó inmediatamente a su madre. —¿Mandaste hacer copias? Ofelia tardó demasiado en contestar. —Solo algunas. —¿Cuántas? —No sé. Tres o cuatro.
Cambiaríamos la cerradura al día siguiente. Pero antes de colgar, Ofelia soltó una frase extraña: —Pues cambia lo que quieras. De todos modos Lorena ya tiene lo que necesita.
Lorena era la hermana de Sergio. Vivía en Querétaro y ni siquiera había venido con los catorce familiares.
—¿Qué necesita Lorena? —preguntó Sergio.
Ofelia colgó.
Subí directamente a nuestro dormitorio. Guardábamos los documentos importantes dentro de un cajón con llave. Lo abrí. Las escrituras seguían ahí. También nuestros documentos personales. Pero una carpeta azul estaba colocada al revés.
Dentro faltaban tres hojas.
Eran copias del contrato de compraventa de la casa, mi identificación y el último recibo de la hipoteca.
Sergio volvió a llamar a su madre. No contestó.
Entonces recibió un mensaje de Lorena:
**“Sergio, mamá me dijo que ustedes ya aceptaron ayudarme con la casa. Antes de que te enojes, necesito explicarte qué documentos me mandó.”**
Miré a mi esposo.
Catorce familiares durmiendo gratis acababan de convertirse en el menor de nuestros problemas.
Porque aparentemente, mientras Ofelia repartía nuestras habitaciones, también había empezado a repartir algo mucho más difícil de recuperar.
¿Qué pasó después…?