Y entonces comprendimos que el miedo de Renata no había comenzado solamente porque un padre ausente hubiera regresado.
Había comenzado porque sus padres llevaban años contándole versiones distintas de la misma ausencia.
Y ahora, por primera vez, ambas versiones estaban a punto de encontrarse frente a ella.
Parte 3:
Silvia no intentó defenderse inmediatamente. Le pidió a Renata que se sentara y comenzó por lo que sí podía explicar con claridad. Cuando ella tenía siete años, su relación con Julián ya estaba terminada. Habían pasado meses discutiendo por dinero, horarios y la manera en que él aparecía y desaparecía. Finalmente Julián aceptó irse a trabajar fuera de Jalisco. Durante un tiempo mantuvieron contacto y enviaba algo de dinero. Después las llamadas se hicieron menos frecuentes. Lo que Renata siempre había escuchado era que su padre simplemente dejó de buscarla.
—¿Eso era mentira? —preguntó. —No completamente —respondió Silvia—. Pero tampoco era toda la verdad.
Los documentos mostraban que, durante los primeros años, Julián sí había intentado mantener cierto contacto. Había direcciones, acuerdos y registros de comunicaciones que Silvia conocía. Ella admitió que después de varias discusiones empezó a poner condiciones cada vez más estrictas porque no confiaba en la estabilidad de Julián. Algunas estaban justificadas. Otras, reconoció, nacieron de su enojo. Cuando Eduardo entró en sus vidas y Renata comenzó a sentirse segura con él, Silvia dejó de hacer esfuerzos para facilitar una relación que ya era irregular.
—¿Entonces tú hiciste que se fuera? Renata preguntó aquello casi sin voz. —No. Tu papá tomó muchas decisiones que lo alejaron de ti. Yo tomé otras que tampoco ayudaron. No voy a decirte que todo fue culpa suya porque ya no sería verdad.
Al día siguiente Julián habló con Renata en un lugar neutral, con adultos presentes y respetando lo que ella estaba dispuesta a escuchar. No apareció como el padre perfecto que había sido injustamente expulsado. Admitió que hubo periodos en los que pudo insistir más y no lo hizo. Había cambiado de trabajo, de ciudad y de teléfono varias veces. Algunas veces culpó a Silvia porque era más fácil que aceptar que también se había acostumbrado a vivir lejos.
—¿Por qué regresaste ahora? —preguntó Renata. Julián tardó en contestar. —Porque pensé demasiadas veces que todavía tenía tiempo.
Eso no arregló siete años.
Renata tampoco corrió a abrazarlo.
Durante los meses siguientes el contacto fue gradual y acompañado de acuerdos claros entre los adultos. Silvia buscó orientación para ordenar formalmente la situación y dejó de utilizar nuestra casa como escondite cada vez que había una conversación incómoda. Julián tuvo que demostrar constancia sin exigir que su hija lo tratara inmediatamente como si nunca se hubiera ido. Eduardo hizo algo que me impresionó: no compitió.
—Yo no necesito que quieras menos a otro para quererme a mí —le dijo una noche a Renata.
Ella lloró más con esa frase que durante todas las explicaciones anteriores.
También hablamos con Valentina. Le expliqué que había hecho bien en acompañar a su amiga, pero que guardar un secreto que hacía que una menor preparara ropa y medicamentos para salir de su casa era demasiado grande para cargarlo sola. —Renata me hizo prometer. —Lo sé. Hay promesas que protegen la intimidad de una amiga y otras que te dejan responsable de algo que necesita adultos. Aprender la diferencia también forma parte de crecer.