**“Necesito pedirte un favor. Por favor, no dejes que Renata regrese mañana hasta que yo te llame.”**
Levanté la vista.
—Renata, ¿qué está pasando en tu casa?
Ella no respondió.
Solo sacó de la carpeta una fotografía y la puso frente a mí.
Y cuando vi quién aparecía en ella, entendí que aquellas “vacaciones de fin de semana” habían empezado por una razón que su mamá llevaba meses intentando ocultarnos.
Parte 2:
En la fotografía aparecía **Silvia** junto a un hombre que yo no conocía. Estaban afuera de la misma casa donde Renata vivía, pero la imagen no parecía reciente. Él tenía un brazo alrededor de los hombros de Silvia y Renata, mucho más pequeña, estaba entre los dos. —Es mi papá —dijo. Aquello me desconcertó. Yo conocía al esposo de Silvia. Se llamaba **Eduardo** y lo había visto varias veces cuando recogían a Renata. —¿Eduardo no es tu papá? Renata negó. —Es mi padrastro. Mi papá se llama Julián. —¿Y qué tiene que ver eso con los viernes? La niña se sentó en la cama. —Que volvió.
Julián había desaparecido de la vida de Renata cuando ella tenía siete años. Durante mucho tiempo apenas hubo llamadas. Después dejaron de saber de él. Según Renata, hacía cuatro meses había regresado a Guadalajara y comenzó a buscar a Silvia. Primero fueron mensajes. Después apareció afuera de su trabajo. Finalmente empezó a presentarse algunos viernes en la casa. —Mamá dice que solo quiere arreglar unas cosas con él —explicó—. Pero cuando sabe que va a ir, me manda contigo. —¿Eduardo sabe? —Sí. A veces está ahí también. —¿Y por qué nadie me dijo nada? Renata se encogió de hombros. —Mamá no quería meterte.
Eso explicaba las pijamadas, pero no la mochila enorme. Le pregunté por los uniformes. Renata miró a Valentina antes de responder. —Por si tengo que quedarme más días. Sentí un peso en el pecho. —¿Quién te dijo que trajeras todo esto? —Nadie. Yo quise. Desde hacía semanas escuchaba conversaciones incompletas entre su madre y Eduardo. Hablaban de abogados, documentos y de la posibilidad de que Julián “hiciera algo”. Renata había interpretado que quizá tendría que salir de casa de repente. Por eso empezó a guardar conmigo pequeñas cosas sin que Silvia lo supiera.
No quise interrogarla más. Las dos eran menores y yo ya estaba dentro de una situación familiar que no comprendía. Llamé a Silvia. Contestó después de varios intentos. —Renata está bien conmigo —le dije—, pero necesito saber qué está pasando. Hubo silencio. —Julián está aquí. —¿Existe algún riesgo para Renata? —Ahora mismo no está con él y eso es lo importante. —Silvia, me pediste que no la deje regresar. Necesito algo más que eso. Respiró hondo. —Dame una hora.
Mi esposo, **Óscar**, se sentó conmigo mientras esperábamos. No inventamos escenarios frente a las niñas. Cenamos como pudimos y dejamos que Valentina acompañara a su amiga. Poco después de las diez llegó Silvia sola. Tenía la cara agotada. Nos explicó que Julián había regresado diciendo que quería recuperar la relación con su hija. Al principio ella aceptó algunas conversaciones supervisadas. Pero pronto empezó a insistir en verla a solas y a reclamar que Silvia había permitido que Eduardo ocupara “su lugar”.
—¿Te ha amenazado? —preguntó Óscar. —No de la manera que ustedes están pensando. No ha golpeado a nadie ni ha intentado llevársela por la fuerza. Pero presiona, aparece sin avisar y después dice que solo está ejerciendo sus derechos como padre. Silvia ya había buscado orientación para saber cómo manejar el contacto y qué correspondía hacer después de tantos años de ausencia. Mientras aclaraba la situación, enviaba a Renata con nosotros los días en que esperaba conversaciones difíciles.
—Debiste decírmelo —le dije. Silvia bajó la mirada. —Lo sé. Pero al principio pensé que serían dos fines de semana. Luego Renata empezó a pedir venir sola. Decía que aquí podía dormir sin escuchar discusiones. Aquello me dolió. Mientras nosotros bromeábamos con que era otra hija, ella estaba utilizando nuestra casa como el único lugar donde no tenía que preguntarse quién tocaría la puerta.
Entonces Silvia vio la mochila abierta. —¿Qué es eso? Renata apareció en el pasillo. —Mis cosas. —¿Por qué trajiste uniformes? —Por si mañana no puedo volver. Silvia palideció. —Renata, tú vas a volver a tu casa. —Escuché lo que dijo Julián la semana pasada. —¿Qué escuchaste? La niña empezó a llorar. —Que tenía papeles.
Silvia cerró los ojos. Julián había llegado esa tarde precisamente por esos documentos. No eran una orden para llevarse a Renata, como la niña había imaginado. Eran copias de papeles antiguos relacionados con su nacimiento y con acuerdos familiares que nunca se habían explicado bien. —¿Qué acuerdos? —pregunté.
Silvia miró a su hija. —Hay algo que debí contarte antes.
Renata dejó de llorar.
—¿Sobre papá?
—Sobre por qué se fue.
La niña apretó la mano de Valentina.
Silvia sacó de su bolsa una copia de uno de los documentos que Julián había llevado esa noche. Había dos apellidos, varias firmas y una fecha de hacía siete años.
Renata leyó primero.
Después levantó la cabeza.
—Mamá… aquí dice que tú sabías dónde estaba.
Silvia no lo negó.