Parte 2:
No le respondí por mensaje. Le pedí que viniera esa noche y, cuando llegó, puse sobre la mesa la tarjeta del despacho. Mauricio la reconoció inmediatamente. —Te lo iba a explicar. —Explícamelo ahora. Durante varios segundos habló de “aprovechar metros”, “dar privacidad” y “pensar a futuro”. Hasta que le pregunté directamente qué tenía que ver una subdivisión con cambiar una cerradura. Entonces dejó de rodear el tema.
Mauricio llevaba meses pensando en dejar su empleo como encargado de mantenimiento y trabajar por su cuenta. Reparaba equipos, instalaba bombas y hacía pequeños trabajos industriales los fines de semana. Su mayor problema era que no tenía dónde guardar herramientas ni recibir material. Cuando mamá ofreció prestarle el depósito, él empezó a imaginar algo más: convertir el pasillo lateral en acceso exclusivo, usar el depósito como taller y cerrar una parte posterior para trabajar sin atravesar nuestras áreas privadas. —No quería quitarles nada —dijo—. Solo quería saber si físicamente podía hacerse.
—¿Y por qué necesitabas un despacho de subdivisiones? Mauricio explicó que un cliente suyo, **Ramón**, conocía al arquitecto y le recomendó pedir una opinión. Según él, todavía no había contratado ningún proyecto. El hombre solo había ido a medir. —¿Con permiso de quién? preguntó mamá desde la puerta. Mauricio se quedó callado.
Al día siguiente llamé yo misma al despacho. El arquitecto, **Alejandro Mena**, fue mucho más preciso. Mauricio le había preguntado si era posible crear dos áreas “funcionalmente independientes” dentro del terreno: vivienda al frente y departamento con acceso lateral más zona de trabajo atrás. No había solicitado una subdivisión legal todavía. De hecho, Alejandro le había explicado que primero necesitaba conocer escrituras, medidas oficiales y régimen de propiedad.
Aquello me tranquilizó durante unos treinta segundos. Después pregunté qué información le había dado Mauricio sobre los propietarios. Alejandro dudó. —Entendí que la propiedad estaba en proceso de quedar para ustedes. —¿Para quiénes? —Para usted y el señor Mauricio.
Colgué con las manos frías.
Mauricio negó haber dicho exactamente eso. Según él, explicó que yo había construido el departamento y que algún día probablemente recibiría parte del terreno de mamá. —Eso no significa que vaya a ser tuyo —le dije. —No dije que fuera mío. —Le estás pidiendo a un arquitecto diseñar un negocio dentro de algo que ni siquiera es mío legalmente.
Ahí apareció una información que yo misma había evitado mirar durante seis años. Yo había pagado completamente la construcción del departamento, pero el terreno seguía perteneciendo a mamá. Nunca formalizamos qué ocurriría con lo construido. Entre nosotras no había sido necesario. —Pues precisamente por eso deberías arreglarlo —respondió Mauricio—. Has metido muchísimo dinero aquí.
Por primera vez dijo algo razonable. Y eso hizo más difícil distinguir dónde terminaba su preocupación por mí y dónde empezaba su conveniencia.
Mamá propuso revisar los documentos con alguien antes de seguir discutiendo. La escritura confirmó que toda la propiedad seguía a su nombre. Mi departamento existía físicamente, pagaba servicios separados en algunas cosas, pero no era una propiedad independiente que yo pudiera vender o hipotecar por mi cuenta. Si mamá muriera sin dejar instrucciones claras, la situación tendría que resolverse dentro de su sucesión.
—Entonces sí había que ordenar esto —dije.
—Claro que sí —respondió Mauricio demasiado rápido.
La asesora que revisó los papeles preguntó qué queríamos conseguir. Mamá dijo que quería proteger lo que yo había construido. Yo dije que quería claridad. Mauricio respondió antes de que alguien le preguntara: —Y separar completamente el acceso posterior.
La asesora levantó la vista.
—Eso es otra cosa.
Nos explicó que documentar mi inversión o planear una futura transmisión no exigía cerrar el pasillo ni eliminar el acceso de mamá. Aquello era una necesidad del proyecto que Mauricio imaginaba, no de mi seguridad patrimonial.
Entonces mamá recordó algo. Fue por una carpeta y regresó con el folleto de herrería que yo había encontrado. En la parte posterior había un presupuesto doblado que ninguna había visto.
No era solamente una puerta.
Incluía cerramiento, cubierta ligera, instalación eléctrica reforzada y adecuación del depósito.