Mi hijo de 17 años se afeitó la cabeza por su novia enferma; al día siguiente, su madre le dijo: “Tienes que venir al hospital y ver lo que hizo tu hijo”.

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Fue una noticia devastadora para todos, pero especialmente para mi hijo. Pude ver cuánto le dolía ver a alguien a quien amaba pasar por algo que él no podía solucionar.
Aun así, nunca se apartó.
Un día, Lily y Aaron estaban discutiendo.
***
Aaron visitaba a su novia todos los días que podía, le llevaba sus bocadillos favoritos, la ayudaba con las tareas escolares, veían películas malas juntos y pasaba incontables horas a su lado hasta que ella se dormía.
***
—¿Vas a ir otra vez hoy? —pregunté, aunque ya lo sabía.
—Está teniendo una semana difícil —dijo mi hijo, cerrando la cremallera de la bolsa—. Le dije que estaría allí a las cuatro.
Asentí con la cabeza y cogí mi café.
“¿Vas a ir otra vez hoy?”
“Dile a Diane que le mando saludos. Le envié un mensaje ayer y apenas me respondió”, le dije a mi hijo.
Aaron hizo una pausa, solo por un segundo.
“Está cansada, mamá.”
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