Miré nuevamente a mi esposa.
Mariana ya no estaba mirándome.
Miraba su teléfono.
Entonces apareció una notificación en su pantalla.
No alcancé a leer el mensaje completo.
Solo vi el nombre del remitente.
Héctor.
Mariana agarró inmediatamente el teléfono.
Demasiado tarde.
Ya lo había visto.
Del otro lado de mi llamada, la voz continuó:
—Alejandro, necesito preguntarte algo.
—Dime.
—¿Hay alguien contigo?
Miré a la mujer con quien había compartido once años de matrimonio.
Mariana levantó lentamente los ojos.
Y por primera vez desde que la conocía…
parecía tenerme miedo.
—Sí —respondí—. Mi esposa.
Hubo otro silencio.
Esta vez mucho más largo.
—Entonces no le digas nada más.
Sentí un escalofrío.
—¿Por qué?
La respuesta llegó apenas como un murmullo.
—Porque su número también aparece en el expediente.
Mariana abrió la puerta de la camioneta.
Y salió corriendo.
Al mismo tiempo, Barragán abandonó la fonda y llevó una mano hacia su radio.
Fue entonces cuando comprendí la verdad.
La malteada nunca había sido una simple humillación.
Había sido una provocación.
Querían descubrir quién era realmente.
Querían obligarme a reaccionar.
Querían que golpeara a Barragán delante de treinta testigos y una cámara de seguridad.
Y mi propia esposa había ayudado a preparar la trampa.
Me limpié lentamente la última gota de fresa de la mejilla.
—¿Cuánto tiempo necesitan? —pregunté por teléfono.
La respuesta llegó inmediatamente:
—Ya vamos en camino.
Levanté la mirada.
Barragán avanzaba hacia mi camioneta.
Mariana estaba detrás de él.
Y ninguno de los dos sabía todavía que acababan de provocar al hombre equivocado.
Barragán avanzaba hacia mi camioneta.
Mariana estaba detrás de él.
Y ninguno de los dos sabía todavía que acababan de provocar al hombre equivocado.
—No cuelgues —dijo la voz al otro lado del teléfono—. Y, Alejandro, pase lo que pase, no lo toques.
—Entendido.
Guardé el teléfono en el bolsillo de mi camisa, dejando la llamada abierta.
Barragán llegó a mi puerta y golpeó dos veces el cristal con los nudillos.
Tac.
Tac.
—Bájate.
No me moví.
—¿Estoy detenido?
Su mandíbula se tensó.
—Te dije que te bajes.
—Y yo pregunté si estoy detenido.
Durante unos segundos nos miramos a través del cristal.
Entonces vi a Mariana.
Estaba unos metros detrás de él.
Ya no parecía la esposa irritada que cinco minutos antes me había acusado de avergonzarla.
Estaba aterrada.
Barragán golpeó nuevamente el cristal.
—Última oportunidad.
Encendí la grabadora del teléfono.
Después abrí la puerta lentamente.
Barragán tuvo que retroceder.
—Manos donde pueda verlas.
Las levanté.
—Aquí están.
—¿A quién llamaste?
—¿Eso forma parte de alguna investigación oficial?
Sus ojos se estrecharon.
—No juegues conmigo.
—No estoy jugando.
Fue entonces cuando Mariana habló.
—Alejandro, dale el teléfono.
La miré.
—¿Qué dijiste?
—Dáselo.
Aquellas dos palabras terminaron de confirmar todo.
Barragán sonrió.
—Escucha a tu esposa.
Metió una mano hacia mi bolsillo.
Yo retrocedí un paso.
Nada más.
Pero él reaccionó como si hubiera estado esperando exactamente ese movimiento.
—¡No te resistas!
Su mano fue hacia su cinturón.
Rocío apareció detrás del cristal del restaurante.
Don Ernesto se levantó de su mesa.
Otros clientes comenzaron a sacar sus teléfonos.
Barragán también los vio.
Y por primera vez pareció comprender que ya no controlaba completamente la escena.
—Todos adentro —gritó—. ¡Esto es un procedimiento policial!
Nadie obedeció.
Don Ernesto salió primero.
Caminaba con bastón, pero aquella tarde parecía haber olvidado que lo necesitaba.
—Yo vi todo, comandante.
Barragán giró hacia él.
—Métase al restaurante, Ernesto.
—No.
Aquella palabra fue pequeña.
Pero cambió algo.
Rocío salió después.
—Yo también lo vi.
Luego salió el hombre del mostrador.