Mi esposo quiso echar a mi madre de la villa que yo compré… para instalar allí a su asistente

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Durante seis años, Adrian había asumido que yo dependía económicamente de él porque jamás hablaba de mis inversiones.
Pero antes de casarnos, mi padre había creado conmigo una firma privada que administraba participaciones en varias compañías.
Entre ellas estaba Meridian Capital.
El fondo que, años atrás, había financiado la expansión que salvó a Foster Technologies.
Adrian levantó lentamente la mirada.
—¿Tú eres la beneficiaria principal de Meridian?
—Sí.
La señora Evans palideció.
Amelia dejó de sonreír.
—Y ayer —continué— solicité que nuestra participación se abstenga de respaldar tu renovación como presidente ejecutivo.
Adrian cerró la carpeta de golpe.
—Estás mezclando nuestro matrimonio con los negocios.
—No.
Lo miré directamente.
—Tú empezaste a hacerlo cuando utilizaste recursos de la empresa para favorecer a Amelia.
Su rostro cambió.
Yo sabía de los automóviles.
Los gastos.
Los viajes.
El personal utilizado para asuntos privados.
Y también sabía quién había autorizado cada pago.
En ese momento apareció el director regional de la boutique.
Adrian señaló el reloj.
—Terminemos la compra.
El hombre no se movió.
—Lo siento, señor Foster. Esa pieza ya está reservada.
Amelia frunció el ceño.
—¿Para quién?
El director caminó hasta mí.
—Feliz cumpleaños, señora Bennett.
Colocó la caja frente a mí.
Adrian quedó inmóvil.
Yo había reservado aquel reloj semanas atrás con mi propio historial como coleccionista.
Nunca había necesitado que mi esposo me lo regalara.
Solo había querido comprobar si recordaría su promesa.
No lo hizo.
Tomé la caja.
—Gracias.
Después miré a Adrian.
—Tus tres días terminaron.
—Sophia, podemos hablar en casa.
—Ya no tenemos casa.
Su expresión se congeló.
—¿Qué significa eso?
—La villa de mi madre nunca fue tuya. Y esta mañana retiré mis pertenencias de nuestra residencia en la ciudad.
Hice una pausa.
—También revoqué todas las autorizaciones personales que te había concedido sobre mis activos.
Por primera vez, Adrian perdió completamente aquella seguridad arrogante.
—¿Vas a destruir seis años por unos celos absurdos?
Negué.
—No me divorcio porque elegiste a Amelia.