PARTE 2
Mateo siguió tocando.
Al principio hubo pequeñas fallas. Sus pies buscaban los pedales con torpeza y una de sus manos entró tarde en un acorde. Pero después ocurrió algo que dejó inmóviles a todos: el niño dejó de imitar al organista y empezó a interpretar la música como si la estuviera contando.
La basílica se llenó de una melodía profunda, triste y luminosa.
Mauricio perdió la sonrisa.
El padre Esteban se sentó en silencio.
Y Héctor Salgado comenzó a llorar.
Cuando Mateo repitió aquella breve secuencia de seis notas, Héctor avanzó hasta el pie del coro. La había escuchado cientos de veces en su juventud. Su hermano Alejandro la llamaba “Luz de Enero” y la tocaba cada vez que quería calmarse. Nunca la publicó. Nunca la grabó.
Era una melodía familiar.
Cuando la última nota se apagó, Héctor se llevó una mano al pecho y cayó de rodillas.
—Alejandro… —susurró.
Mateo se levantó asustado.
—¿Conoció a mi papá?
El empresario alzó la cara. Parecía haber envejecido diez años en pocos segundos.
—¿Cómo se llamaba tu mamá?
—Lucía Herrera.
Héctor cerró los ojos.
—¿Y tu papá era Alejandro Salgado?
Mateo sintió que el estómago se le encogía.
—Sí… creo. En la casa hogar me registraron como Mateo Herrera porque no encontraron mis papeles. ¿Por qué?
Mauricio miró al empresario.
—Don Héctor, ¿qué está pasando?
Héctor subió los escalones lentamente hasta quedar frente al niño.
—Alejandro Salgado era mi hermano menor.
Mateo retrocedió.
Durante años había imaginado que no quedaba nadie de su familia. Había pasado hambre, fiebre y noches enteras escondiéndose bajo cartones, mientras aquel hombre vestía trajes caros, aparecía en periódicos locales y financiaba conciertos.
—¿Mi tío? —preguntó con una mezcla de rabia y desconcierto—. Entonces, ¿dónde estaba usted?
La pregunta atravesó a Héctor.
—Te busqué.
—No me encontró muy bien.
—Mateo…
—Yo dormí afuera de esta iglesia. Más de una vez. Si usted es mi familia, ¿por qué nunca vino por mí?
Héctor no respondió de inmediato. Miró el piso.
El padre Esteban se acercó.
—Don Héctor, el niño merece una explicación.
—La merece —dijo él—. Pero no aquí, no de esta manera.
Mateo apretó los puños.
—No. Aquí. Usted ya sabe quién soy. Yo quiero saber quién es usted.
Héctor respiró con dificultad.
Contó que había buscado a Alejandro durante años, que supo demasiado tarde del incendio en una vecindad de La Resurrección donde murieron él y Lucía, y que después intentó localizar al niño sobreviviente. Los registros estaban incompletos; Mateo había entrado al sistema con el apellido de su madre y luego desapareció de la casa hogar.
Pero Mateo notó algo.
Héctor hablaba de la búsqueda. No hablaba de por qué llevaba tantos años separado de Alejandro.
—¿Por qué mi papá no vivía con su familia? —preguntó.
El empresario palideció.
—Eso es otra historia.
—Es mi historia.
Héctor miró al niño y luego al órgano.
—Tu padre no se fue porque quisiera.
—Entonces, ¿quién lo corrió?
El silencio fue insoportable.
Héctor abrió la boca, pero le costó sacar las palabras.
—Mateo… si tu padre terminó lejos de su casa, sin herencia y luchando por sobrevivir, fue por mí.
PARTE 3
Mateo no lloró.
Eso fue lo que más inquietó al padre Esteban. El niño simplemente se sentó en el escalón del coro y miró a Héctor como si de pronto el hombre frente a él fuera más peligroso que la calle.
—Explíquelo —dijo.
Héctor se quitó los lentes y se cubrió la cara un instante.
La familia Salgado había levantado durante décadas un negocio de textiles en Puebla. Su padre, don Ernesto, era un hombre duro que exigía resultados a sus hijos. Héctor, el mayor, había entrado desde joven a la empresa. Alejandro, diez años menor, amaba la música, pero también tenía facilidad para diseñar, negociar y proponer ideas nuevas.
Cuando Alejandro cumplió veintidós, don Ernesto anunció que modificaría su testamento. Héctor conservaría la dirección del negocio, pero su hermano recibiría la casa familiar y una parte importante de las inversiones.
Héctor sintió que todo lo que había trabajado perdía valor frente al hijo brillante.
Y dejó que la envidia se convirtiera en crueldad.
Una noche sacó del estudio varias joyas que habían pertenecido a su madre y las escondió en un cajón del cuarto de Alejandro. A la mañana siguiente fingió descubrir el robo.
Don Ernesto encontró las piezas.
Alejandro juró que era inocente.
—Me miró directamente —contó Héctor con la voz quebrada—. Me preguntó si yo las había puesto ahí. Y yo le dije que no. Vi cómo mi padre lo llamaba ladrón. Vi cómo lo echaba de la casa. Y no dije nada.
Mateo apretó la mandíbula.
—¿Y por eso mi papá se quedó sin nada?
—Sí.
Alejandro se fue con una mochila y algunas partituras. Más tarde conoció a Lucía, dio clases de piano, tocó en restaurantes y salones de eventos, y durante un tiempo consiguió mantener a su pequeña familia.
Don Ernesto murió tres años después sin conocer la verdad.
Héctor heredó casi todo.
—Con ese dinero hice crecer la empresa —admitió—. Construí una vida respetable sobre una mentira.
También confesó algo peor: Alejandro le había escrito después del nacimiento de Mateo. En esa carta decía que no guardaba rencor, que estaba feliz con Lucía y con su hijo, pero pedía una sola cosa: que Héctor le dijera la verdad a su padre.
Héctor nunca entregó la carta.
—Tuve miedo de perderlo todo.
Mateo por fin lloró.
No lloró por la fortuna. Lloró imaginando a su padre esperando una respuesta que nunca llegó.
—Mi papá lo perdonó antes de que usted pidiera perdón —dijo—. Y usted ni siquiera tuvo el valor de contestarle.
Héctor bajó la cabeza.
—No.
El niño se limpió la cara con la manga.