—Hay otra cosa —continuó Josefina—. Tu mamá tenía un anillo de bodas que jamás se quitaba.
Gabriel recordó inmediatamente la argolla.
—¿Dónde está?
Josefina apretó los labios.
—Héctor se la llevó hace siete meses. Llegó diciendo que su esposa, Brenda, necesitaba una operación urgente. Teresa se lo dio para que lo empeñara.
—¿Brenda estaba enferma?
—Dos semanas después vi fotos de ellos en un hotel de Cancún.
Gabriel salió de aquella casa con las manos temblando.
Al día siguiente buscó a Mauricio.
Lo encontró trabajando en un taller mecánico de Zapopan.
En cuanto vio entrar a su hermano, Mauricio dejó la llave inglesa sobre una mesa.
—Ya sabes, ¿verdad?
—Sé algunas cosas. Quiero saber las demás.
Mauricio se sentó.
Parecía haber envejecido diez años.
—Yo también hice algo.
Gabriel esperó.
—Hace cuatro años debía dinero por apuestas.
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La confesión salió apenas como un murmullo.
—Tomé setenta mil pesos de los ahorros de papá.
Gabriel cerró los ojos.
—¿Héctor lo descubrió?
Mauricio asintió.
—Me dijo que si yo hablaba sobre el terreno, les contaría todo. Papá acababa de salir del hospital. Tuve miedo de que le diera otro infarto.
—Entonces te callaste.
—Sí.
—¿Y firmaste algo?
Mauricio volvió a asentir.
—Una autorización. Héctor dijo que necesitaba mi firma porque los tres éramos posibles herederos. Luego descubrí que estaban vendiendo el terreno.
Gabriel se levantó de golpe.
—¿Lo vendieron?
—Creo que sí.
Mauricio entró a la oficina del taller y regresó con una carpeta.
Había copias de documentos, capturas de mensajes y conversaciones donde Héctor lo amenazaba.
Uno decía:
“Si abres la boca, papá va a saber quién vació sus ahorros.”
Otro:
“Firma y después te doy tu parte.”
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Gabriel contrató ese mismo día a Mariana Robles, una abogada de Zapopan especializada en propiedad y fraude patrimonial.
Después de revisar los documentos durante casi dos horas, Mariana señaló la escritura.
—Esta firma probablemente es falsa.
Después examinó los archivos de Mauricio.
—Y aquí existe evidencia de coacción.
Finalmente abrió una consulta del Registro Público.
Su expresión cambió.
—Gabriel, el problema es más grande.
—¿Qué encontró?
—El terreno no solamente cambió de propietario. Fue vendido hace catorce meses.
Gabriel sintió que la habitación desaparecía alrededor de él.
—¿A quién?
Mariana giró la computadora.
La empresa compradora se llamaba Desarrollos Península del Norte.
Gabriel conocía ese nombre.
Había visto el logotipo meses atrás en fotografías de Héctor.
—Mi hermano trabaja con ellos.
Mariana negó lentamente.
—No exactamente.
Señaló una sección del registro mercantil.
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—Tu hermano posee el cuarenta por ciento de la compañía.
Esa noche Gabriel revisó todos sus comprobantes.
El total enviado durante nueve años ascendía a 1,944,000 pesos.
Después buscó propiedades vinculadas a Héctor.
Un departamento en Playas de Tijuana.
Un local comercial.
Dos vehículos recientes.
Una participación en una empresa inmobiliaria.
Todo adquirido mientras sus padres sobrevivían con la pensión de Salvador.
A la mañana siguiente sonó el teléfono.
Gabriel contestó.
—¿Bueno?
La voz de Héctor llegó seca.
—Tenemos que arreglar esto entre hermanos.
—Ya no es un problema entre hermanos.
—No sabes lo que estás haciendo.
—Sé que papá partía sus medicamentos porque no podía pagarlos mientras tú comprabas propiedades con dinero que yo enviaba para ellos.
Silencio.
Después Héctor habló más bajo.
—Voy para Guadalajara.
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Gabriel miró por la ventana.
—Ven.
Colgó.
Dos horas después, una camioneta negra se estacionó frente a la casa.
Héctor bajó con una carpeta bajo el brazo.
Pero esta vez Gabriel ya sabía que dentro de aquella carpeta podía estar la prueba definitiva capaz de destruir todo lo que su hermano había construido.
PARTE 3
Héctor entró a la casa como si todavía tuviera algún derecho sobre ella.
Vestía camisa blanca, pantalón oscuro y zapatos demasiado elegantes para aquella calle donde los vecinos todavía sacaban sillas a la banqueta por las tardes.
Abrió los brazos al ver a sus padres.
—Mamá.
Doña Teresa permaneció sentada.
—Hijo.
No hubo abrazo.
Héctor miró a Salvador.
—Papá, ¿cómo está?
El hombre que durante años había trabajado bajo el sol levantando muros para alimentar a sus hijos lo observó sin responder.
Gabriel cerró la puerta.
—Siéntate.
Sobre la mesa estaban los comprobantes bancarios, la escritura, las capturas de Mauricio y el reporte preliminar de Mariana.
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Héctor sonrió con cansancio.
—Veo que ya armaste tu tribunal.
—No necesito un tribunal. Para eso existen los juzgados.
La sonrisa desapareció.
Gabriel puso frente a él los comprobantes.
—1,944,000 pesos enviados a tu cuenta durante nueve años.
Luego señaló otra hoja.
—Menos de ciento ochenta mil llegaron realmente a nuestros padres.
—Eso no demuestra que me quedé con el resto.
—Entonces explícame dónde está.
—Tuve gastos.
—¿Gastos de quién?
Héctor se movió incómodo.
—De la familia.
Gabriel soltó una risa sin humor.
—Papá debía cuatro meses de farmacia. Mamá debía la luz. ¿Qué familia estabas pagando?
Héctor miró a Teresa.
—Mamá sabe que siempre intenté ayudarlos.
Doña Teresa bajó los ojos.
Durante años había defendido a su hijo mayor incluso cuando las evidencias parecían gritarle lo contrario.
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Pero esta vez habló.
—También me dijiste que Brenda estaba enferma.
Héctor se quedó quieto.
—Lo estaba.
—Josefina vio las fotos de Cancún.
La mandíbula de Héctor se tensó.
Teresa levantó la mano izquierda.
El espacio vacío donde había llevado su anillo durante casi cincuenta años parecía más visible que nunca.
—Te di mi argolla porque pensé que tu esposa necesitaba médicos.
Héctor tragó saliva.
—Estábamos atravesando una situación complicada.
Gabriel colocó entonces la escritura en la mesa.
—Esta firma no es de papá.
—Sí es.
—Un perito ya está trabajando.
Por primera vez apareció miedo en los ojos de Héctor.
—Gabriel, estás llevando demasiado lejos una situación familiar.
—La llevaste demasiado lejos cuando falsificaste la firma de un hombre enfermo.
—¡Yo no falsifiqué nada!
—Entonces dinos quién lo hizo.
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Silencio.
Gabriel sacó otro documento.
—Además, el terreno terminó vendido a una empresa de la que posees el cuarenta por ciento.
Héctor miró el papel.
—Eso es legal.
—No si obtuviste la propiedad mediante fraude.
—¡Ese terreno iba a terminar dividido entre nosotros de todas maneras!
La frase quedó suspendida en la habitación.
Doña Teresa lo miró como si acabara de conocer a un desconocido.
—Todavía estamos vivos —dijo.
Héctor abrió la boca.
No respondió.
—Todavía estamos vivos —repitió ella—. Y tú ya estabas repartiendo lo nuestro.
—Mamá, no quise decir…
—Sí quisiste.
Su voz no fue fuerte.
Eso hizo que doliera más.
Héctor cambió de estrategia.
Se volvió hacia su padre.
—Papá, usted sabe todo lo que yo hice por esta familia cuando Gabriel se fue.
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Don Salvador respiró con dificultad.
—¿Qué hiciste?
—Estuve aquí.
—Al principio.
—Me hice cargo.
Salvador señaló lentamente las cajas de medicamentos sobre la mesa.
—¿De eso?
Héctor guardó silencio.
—Yo levantaba casas —continuó el viejo—. A veces trabajaba diez horas. Llegaba con las manos partidas por el cemento. ¿Sabes por qué?
—Sí, papá.
—Para que ustedes nunca tuvieran que pedir comida.
Sus ojos se humedecieron.
—Y terminé viejo, partiendo una pastilla porque uno de mis hijos se quedó con el dinero que otro mandaba para nosotros.
Héctor desvió la mirada.
—Yo tuve problemas.
—Todos tenemos problemas.
Salvador apoyó las manos sobre los brazos de la silla y se incorporó.
—Mauricio también hizo algo terrible.
Héctor levantó la cabeza de inmediato.
—¿Ya te contó?
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—Sí.
—Entonces ¿por qué solo me están juzgando a mí?
En ese instante se abrió la puerta del patio.
Mauricio entró.
Llevaba ropa del taller y las manos todavía manchadas de grasa.
—Porque yo ya dije la verdad.
Héctor palideció.
Mauricio se acercó a sus padres.
—Papá, mamá, yo tomé setenta mil pesos de sus ahorros.
Teresa cerró los ojos.
Aunque Gabriel ya se lo había explicado, escuchar la confesión directamente era diferente.
—Tenía deudas de apuestas —continuó Mauricio—. Fui un cobarde. Después Héctor me descubrió y me amenazó con contarles si no firmaba los papeles del terreno.
Héctor se puso de pie.
—¡Tú aceptaste dinero por la venta!
—Sí.
Mauricio no retrocedió.
—Y también voy a responder por eso.
—Ahora te haces el santo.
—No. Precisamente porque no soy ningún santo voy a declarar todo.
Héctor miró a sus dos hermanos y comprendió que se había quedado solo.
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Entonces sacó la carpeta que había llevado.