Vittorio abrió el libro mayor. “Hace veintiún años, la familia Moretti se estaba derrumbando. Los agentes federales se estaban acercando. Las familias rivales se preparaban para la guerra. Necesitaba un sucesor lo suficientemente fuerte como para reconstruirlo todo.” Adrián miró fijamente a su padre. “Ya tenías uno.” “No. Tuve un marido y un padre.” La expresión de Vittorio se endureció. “Amabas a Isabella más que a la familia. Querías irte de Nueva York. Querías negocios legítimos. Te estabas debilitando.” Adrian sintió algo oscuro dentro de su pecho. “Entonces la mataste?” “La quité.” El invernadero quedó en silencio. Vittorio continuó como si estuviera discutiendo un contrato comercial. “Isabella fue sacada del coche antes de la explosión. Se cambiaron los registros del hospital. Su hijo recién nacido fue declarado muerto. A Isabella le dijeron que usted ordenó ambas operaciones.”
Adrián cruzó la distancia entre ellos tan rápido que Mara apenas reaccionó. Agarró a Vittorio por el cuello y lo golpeó contra la mesa. Las armas se alzaron a su alrededor. “Me robaste a mi esposa.” Vittorio sonrió. “Yo creé al hombre en el que te convertiste.” Adrián le dio un puñetazo. El anciano cayó contra el suelo de madera. Luca avanzó, pero Vittorio levantó una mano. “No.” La sangre apareció en la comisura de su boca. Miró a Adrián. “Antes de esa noche, estabas listo para abandonarlo todo. Después de la muerte de Isabella, destruiste tres organizaciones rivales en dieciocho meses. Te volviste temido. Disciplinado. Intocable.” Las manos de Adrián temblaron. “Me robaste a mi hijo.” “Y construiste un imperio.” “Yo los hubiera elegido.” La sonrisa de Vittorio desapareció. “Exactamente.”
Luca de repente agarró a Adrián y lo arrojó hacia atrás. “No finjas que eras inocente!” Adrián miró a su hijo. El rostro de Luca ardió con veintidós años de ira. “Mi madre se despertó en un hospital con los hombres de tu padre rodeándola. Le mostraron fotografías del bombardeo. Documentos con tu firma. Grabaciones tuyas discutiendo un ‘problema familiar.’ Ella creyó que intentaste asesinarla.” “Las grabaciones eran falsas.” “Eso ya lo sé!” Luca gritó. Su voz se quebró. “Pero crecí creyendo que mi padre me quería muerto.” Adrián bajó su arma. “Luca…” “No digas mi nombre como si me conocieras.”
Mara finalmente bajó su pistola. “Hay más.” Adrián se volvió hacia ella. Metió la mano dentro de su abrigo y quitó la unidad flash que le había mostrado anteriormente. “Vittorio no trabajó solo.” La expresión de Vittorio cambió. Por primera vez, el anciano parecía preocupado. Mara se dio cuenta. “No se lo dijiste, verdad?” “Mara,” advirtió Vittorio. “Dime qué?” Adrián exigió. Mara conectó la unidad a una pequeña computadora portátil sobre la mesa. Apareció un vídeo. Imágenes de vigilancia granuladas de veintiún años antes. Un pasillo de hospital. La marca de tiempo coincidía con la noche en que nació Luca.