🐕🌙 TRES SEMANAS DESPUÉS DE ENTERRAR A MI HIJA, SU PERRO EMPEZÓ A AULLAR TODAS LAS NOCHES A LAS DOS Y CUARTO. CUANDO DECIDÍ SEGUIRLO HASTA EL BOSQUE, ESCUCHÉ UNA VOZ QUE LA POLICÍA JURABA QUE NUNCA PODRÍA VOLVER A OÍR. 🌲🔦

Parte 2:
Los rescatistas todavía revisaban el interior de la torre cuando el hombre salió lentamente de entre los árboles con las manos levantadas. Atlas no dejaba de gruñir y permanecía delante de mí, dispuesto a lanzarse sobre él si daba un solo paso más. El desconocido llevaba el uniforme del mismo equipo de rescate que participó en el supuesto accidente de Daniela, aunque la chamarra estaba vieja, sin insignias y cubierta de barro. Me pidió que no hiciera ningún movimiento hasta escuchar lo que tenía que decir. Aseguró llamarse Mauricio Rivas y confesó que había trabajado junto a mi hija durante los últimos meses en una investigación que jamás apareció en el expediente oficial. Según él, Daniela descubrió que varias emergencias en la sierra estaban siendo utilizadas para ocultar actividades ilegales. Cada vez que se producía un accidente importante desaparecían pruebas, cambiaban registros y ciertos rescatistas llegaban antes que la policía para manipular la escena. Ella comenzó a sospechar cuando encontró diferencias entre varios informes y decidió reunir evidencia por su cuenta.
Le exigí una explicación sobre la voz que acabábamos de escuchar dentro de la torre. Mauricio tomó la vieja radio portátil con mucho cuidado y abrió un pequeño compartimiento oculto en la parte trasera. Allí apareció un módulo de memoria conectado a un transmisor automático de emergencia. Explicó que Daniela había preparado aquel sistema semanas antes de desaparecer. Cada noche, exactamente a las dos y cuarto, el equipo intentaba conectarse con una antigua repetidora instalada en la montaña. Si conseguía señal, reproducía uno de los últimos mensajes grabados por ella con la esperanza de que alguien terminara encontrándolo. Sin embargo, aquella noche ocurrió algo diferente. La frase que escuchamos no coincidía con ninguna de las grabaciones almacenadas. Mauricio revisó los archivos uno por uno y confirmó que el mensaje donde Daniela decía “Papá, no dejes que él vuelva” no existía en la memoria del aparato. Aquello significaba que alguien había transmitido esa voz desde otro punto de la montaña apenas unos minutos antes de que llegáramos.
La noticia cambió por completo el ambiente. Mauricio dejó de comportarse como un hombre que ocultaba información y comenzó a actuar como alguien realmente preocupado. Me confesó que el cuerpo recuperado tras el accidente nunca pudo identificarse mediante ADN porque el incendio destruyó casi toda la evidencia. La identificación se realizó únicamente con la mochila, algunos objetos personales y la documentación encontrada dentro del vehículo. Él mismo pidió ampliar la investigación, pero la orden fue cerrar el caso cuanto antes. Desde entonces siguió buscando en secreto a Daniela convencido de que había sobrevivido. Creía que ella logró escapar del barranco después del impacto y fue llevada por las personas a las que estaba investigando. Atlas reforzaba esa teoría. Desde el día del funeral nunca aceptó la muerte de su dueña. Todas las noches intentaba regresar exactamente al mismo lugar donde había percibido por última vez su rastro.
Mientras revisábamos la libreta encontrada dentro de la mochila descubrimos varias coordenadas escritas a mano y nombres de antiguos refugios forestales repartidos por la sierra. Todos estaban numerados. Uno de ellos aparecía rodeado con tinta roja y acompañado por una nota muy breve: *“La verdadera testigo nunca salió del refugio ocho.”* Mauricio empalideció al leerla. Explicó que, semanas antes del supuesto accidente, una joven excursionista presenció por casualidad cómo un grupo de hombres escondía varias cajas durante la noche utilizando vehículos oficiales de rescate. La muchacha desapareció al día siguiente antes de declarar. Daniela creyó que seguía con vida y comenzó a buscarla utilizando los antiguos refugios abandonados que existían en la montaña.
No tuvimos tiempo para seguir hablando. Atlas volvió a levantar la cabeza y comenzó a ladrar hacia el bosque. Esta vez no miraba la torre, sino un sendero que descendía entre los pinos. A lo lejos apareció el reflejo de varias linternas moviéndose rápidamente entre los árboles. Mauricio apagó la radio de inmediato y me obligó a esconderme detrás del edificio. Susurró que aquellas personas no podían encontrarnos allí porque llevaban semanas vigilando la torre. Apenas unos segundos después distinguimos cuatro hombres acercándose con uniformes muy parecidos a los de Protección Civil. El que caminaba delante llevaba una carpeta amarilla bajo el brazo. Cuando llegaron a la entrada de la torre, uno de ellos dijo algo que me hizo comprender que la pesadilla apenas comenzaba.
—Revisen otra vez la mochila.
Si el padre ya encontró el cuaderno…
…también encontrará el refugio donde Daniela sigue esperando que alguien llegue antes que ellos.
¿Qué pasó después…?
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