Llamé a Marcela. —Ven a la clínica. —Sebastián, primero escúchame. —Ahora. Cuarenta minutos después apareció. Llegó molesta, pero perdió el color cuando vio los documentos. —¿Firmaste esto por mí? —Yo intentaba protegerte. —¿Falsificaste mi firma? Marcela comenzó a llorar. —Papá sabía. Aquellas dos palabras me dejaron completamente quieto. —¿Qué acabas de decir? Entonces confesó que nuestro padre conocía la existencia de Sofía desde hacía años. No sólo eso. La había visto varias veces sin decírmelo.
Salí de la clínica sin saber qué me dolía más: haber perdido cuatro años de la vida de mi hija o descubrir que las personas en quienes más confiaba habían decidido por mí quién merecía formar parte de ella. Pero todavía faltaba entender algo. Si Marcela solamente había querido separarme de Renata, ¿por qué necesitaba falsificar una renuncia legal después del nacimiento de Sofía? Antes de irme, la recepcionista me entregó el número de registro del documento. Mi abogado lo revisó esa misma tarde y me llamó menos de dos horas después. —Sebastián, esa firma falsa no se utilizó únicamente en la clínica. —¿Dónde más? Hubo un silencio. —En una operación relacionada con una propiedad de tu padre. Y la beneficiaria final no era Marcela. Miré a Renata. —¿Quién era? Mi abogado pronunció un nombre que ninguno de los dos esperaba escuchar.
¿Qué pasó después…?
Parte 3
La beneficiaria era Sofía. Durante unos segundos pensé que había escuchado mal. Mi padre había transferido años atrás un pequeño departamento de Toluca a un fideicomiso destinado a mi hija. El trámite se había realizado pocos meses después de su nacimiento y, entre los documentos utilizados para justificar por qué yo no intervenía, aparecía aquella supuesta renuncia firmada por mí. De pronto entendí que mi padre no había permanecido callado simplemente porque Marcela se lo pidió. Había intentado reparar a escondidas algo que no tuvo valor para enfrentar de frente.
Esa noche fui a verlo con Renata. Cuando abrió la puerta y nos vio juntos, no preguntó nada. —Ya lo sabes —dijo. —¿Desde cuándo conoces a Sofía? —Desde que tenía cinco meses. Tuve que apoyar las manos sobre la mesa. —Cuatro años, papá. Cuatro años viendo a mi hija mientras yo ni siquiera sabía que existía. Él bajó la cabeza. Explicó que Renata lo había buscado después del nacimiento porque dudaba de la autenticidad de mi renuncia. Mi padre reconoció inmediatamente que aquella firma no era mía. Quiso decírmelo, según él, pero Marcela terminó confesándole lo que había hecho y le pidió tiempo para “arreglarlo”.
La historia completa fue todavía más absurda. Cuando Renata quedó embarazada, mi familia atravesaba problemas económicos que yo desconocía. Mi padre había garantizado una deuda vinculada a uno de mis negocios. Marcela temía que, si Renata y yo formábamos una familia y yo reorganizaba mis bienes, ciertas propiedades dejaran de estar disponibles para resolver aquella deuda. Así que decidió sacarla de mi vida antes de que me hablara del embarazo. Preparó fotografías fuera de contexto, movimientos bancarios y la historia de Esteban. Yo hice el resto. No necesitó obligarme a abandonar a Renata. Sólo tuvo que darme una mentira suficientemente dolorosa para que yo mismo cerrara la puerta.
—¿Y después falsificaste mi firma para hacerle creer que tampoco quería a mi hija? —pregunté. Marcela lloraba frente a mí. —Entré en pánico. —No. Entraste en mi vida y decidiste por mí. Mi padre confesó entonces que el departamento había sido su manera de asegurar que Sofía tuviera algo si algún día él moría antes de contarme la verdad. —Pensé que estaba protegiéndola. —La protegiste económicamente mientras me robabas cuatro años con ella. No supo qué contestar.
No perdoné a nadie aquella noche. Tampoco le pedí a Renata que regresara conmigo. Mi culpa no podía convertirse en otra carga para ella. Lo primero fue revisar legalmente cada documento donde aparecía mi firma y corregir la situación de Sofía. Lo segundo fue mucho más lento: conocer a mi hija. Empecé acompañándolas a algunas consultas. Después a comer. Más tarde Sofía comenzó a pedirme que le leyera cuentos cuando Renata tenía que terminar algún trabajo. Durante meses me llamó Sebastián. Nunca le pedí que utilizara otra palabra.
Una tarde regresamos a aquella clínica. Sofía necesitaba una revisión y llevaba su caja de colores bajo el brazo. Mientras esperábamos, volvió a mirar la pequeña mancha debajo de mi pulgar y colocó su mano junto a la mía. —Son iguales. —Sí. —Mamá dice que algunas cosas vienen de la familia. Sentí un nudo en la garganta. —Tu mamá tiene razón. Sofía se quedó pensando unos segundos. Después preguntó con la naturalidad brutal de los niños: —Entonces, ¿tú eres mi papá aunque llegaste tarde? Miré a Renata. Ella no respondió por mí. Y agradecí que no lo hiciera. —Sí —dije—. Llegué muy tarde.
Sofía tomó nuevamente sus colores. —Pues ya no llegues tarde mañana. Tengo festival. Me reí y tuve que mirar hacia otro lado para que no me viera llorar. —No voy a llegar tarde. Y cumplí. Porque finalmente entendí que ninguna propiedad, firma falsa ni disculpa podía devolverme aquellos cuatro años. Lo único que podía hacer era dejar de perder los que todavía tenía delante. Y también entendí algo sobre Renata que me costó aceptar: cinco años atrás ella sí había intentado contarme la verdad. Yo había preferido escuchar a mi orgullo. Mi familia construyó la mentira, sí. Pero fui yo quien cerró la puerta antes de escucharla.