Mamá se quedó callada. Yo también lo había visto, pero no había reparado en ello. Mauricio comenzó a revisar las cantidades. —Los depósitos llegan casi hasta que papá enfermó. Teresa cerró la carpeta. —Eso ya no tiene relación con Saúl. —Entonces ¿con qué tiene relación? En ese momento Saúl entró desde el patio. Había escuchado suficiente. —Teresa, van a seguir buscando. Mamá levantó la cabeza. —No les corresponde saberlo. —Pero ya encontraron a Elena.
Saúl tomó uno de los documentos. —Su padre terminó de pagarle el préstamo muchos años antes de morir. Nadie habló. Fabián señaló los depósitos posteriores. —Entonces ¿qué era este dinero? —No era para Elena —respondió Saúl—. Ella solamente lo recibía. Sentí un escalofrío. —¿Para quién? Mi mamá cerró los ojos. Fue entonces cuando comprendí que ella ya conocía la respuesta.
Teresa abrió nuevamente la carpeta y sacó un sobre que no me había mostrado aquella mañana. En el frente había una sola palabra escrita con la letra de mi padre: Gabriel. Mauricio quiso tomarlo, pero mamá puso la mano encima. —Antes de abrir esto necesitan entender algo. Gabriel no es quien ustedes están pensando. —¿Quién es entonces? —pregunté. Teresa me miró. —La razón por la que, incluso después de descubrir a Elena, nunca pude contarles toda la verdad sobre su padre.
Parte 3
Gabriel no era un hijo secreto de papá. Era hijo de Elena y había nacido años antes de que ella conociera a mi padre. Cuando tenía doce años sufrió un accidente grave. Elena quedó endeudada pagando tratamientos y rehabilitación. Papá comenzó a ayudarla y, aun después de terminar la relación, siguió enviando dinero porque había prometido cubrir ciertos gastos hasta que Gabriel pudiera mantenerse solo. Saúl tenía documentos que confirmaban buena parte de aquello. —¿Y mamá sabía? —preguntó Fabián. Teresa asintió. Eso enfureció todavía más a Mauricio. —Entonces papá te engañó, siguió mandando dinero a la familia de esa mujer y tú lo cuidaste hasta que murió. ¿Y ahora estás con el hermano de ella? Mamá lo miró fijamente. —Estás contando mi vida como si tuviera obligación de resultarte lógica.
Teresa nos explicó algo que ninguno había entendido durante los últimos años de nuestros padres. Ella nunca perdonó completamente a papá, pero tampoco dejó de quererlo de un día para otro. Cuando enfermó decidió cuidarlo porque compartían décadas de vida. —Podía estar furiosa con él y aun así no querer abandonarlo enfermo. Las dos cosas podían existir al mismo tiempo. Después de su muerte nosotros hicimos algo que entonces me dio vergüenza reconocer: convertimos a mamá en guardiana de la memoria de papá. En cada aniversario hablábamos de cuánto se habían amado. Le decíamos qué habría querido él, qué habría pensado él, qué cosas debía conservar. Teresa nunca nos corrigió.
Saúl había sido la primera persona con quien pudo hablar de papá sin tener que elegir entre presentarlo como un santo o como un monstruo. Él conocía una parte incómoda de aquella historia y no necesitaba que mamá fingiera. —Eso fue lo que me acercó a él —confesó—. No su edad. No Elena. Podía hablar sin cuidar la versión de su padre que ustedes necesitaban recordar. Mauricio se quedó en silencio por primera vez.
Mamá puso entonces reglas muy claras. Podíamos preocuparnos, preguntar si estaba bien e incluso decirle si algo nos inquietaba. Lo que no podíamos hacer era seguir su automóvil, investigar a cada persona con la que saliera ni aparecer golpeando puertas. También dejó de existir Ofelia. Si iba con Saúl, decía simplemente: —Me voy con Saúl. Regreso el domingo. La primera vez Mauricio preguntó dónde dormiría. —Eso ya no te corresponde —respondió ella.
La relación no fue perfecta. Veinticinco años de diferencia sí generaban conversaciones reales sobre dinero, trabajo, salud y futuro. Saúl todavía tenía proyectos laborales; mamá quería viajar y disfrutar una etapa más tranquila. Precisamente por eso me convencí de que aquello no era una fantasía. Discutían sobre problemas normales y los resolvían como dos adultos. Saúl tampoco intentó convertirse en nuestro padrastro ni ocupar el lugar de papá. Durante meses Mauricio apenas lo saludaba. Fabián fue aceptándolo antes. Yo me limité a observar cómo trataba a mamá cuando creía que nadie estaba mirando.
Casi un año después, durante el aniversario de la muerte de papá, Teresa fue temprano al cementerio. Saúl la llevó, pero esperó afuera. Cuando mamá salió, Mauricio estaba llegando. Los dos hombres se quedaron mirándose con cierta incomodidad. Finalmente mi hermano dijo: —Todavía se me hace raro. Mamá sonrió. —A mí también algunas veces. —Pero creo que ya entendí que no necesito entenderlo todo. Teresa lo abrazó. Saúl permaneció a distancia.
Tiempo después encontramos otra fotografía antigua de la imprenta. Papá estaba joven, sonriendo entre varios trabajadores. Saúl aparecía al fondo. Pensé que mamá querría tirarla. La guardó. —¿No te duele todo lo que representa? —pregunté. Teresa observó la foto. —Representa una parte de mi vida, Renata. No toda.
Ahí entendí lo que mis hermanos y yo habíamos tardado demasiado en permitirle hacer. Mi madre no necesitaba borrar a mi padre para enamorarse nuevamente. Tampoco necesitaba convertir su matrimonio en una mentira para justificar estar con otro hombre. Papá había sido alguien a quien amó, alguien que también la lastimó y alguien a quien decidió cuidar hasta el final. Saúl pertenecía a otra etapa.
Y mamá seguía siendo Teresa.
Solo que después de décadas siendo esposa, cuidadora, madre y abuela había decidido conservar una parte de sí misma sin someterla a votación familiar. Los seis meses de mentiras nunca habían sido porque sintiera vergüenza de tener sesenta y cinco años y enamorarse de un hombre de cuarenta.
Había mentido porque sabía exactamente cómo reaccionaríamos.
Y el día en que seguimos su automóvil, investigamos a Saúl y terminamos golpeando su puerta, nosotros mismos demostramos que tenía razón.