PARTE 3
La denuncia por la firma falsa abrió algo mucho más grande. Mi abogado pidió revisar todos los documentos relacionados con el terreno y descubrió que no solo habían intentado vincularme a la deuda de Araceli. Meses antes alguien había presentado una solicitud para reconocer a Tomás como futuro administrador de ciertos derechos derivados de la propiedad. Habían utilizado la copia de mi acta que yo misma le entregué creyendo que era para nuestra boda.
Araceli aceptó reunirse conmigo. Esperaba encontrar otra enemiga. Encontré a una mujer aterrada. —Yo nunca pedí que falsificaran tu firma —me dijo. —Entonces ¿por qué Tomás pagó tu deuda? Araceli sacó una carpeta vieja. —Porque Josefina me prometió que, si liberábamos mi parte antes de tu boda, después podríamos vender todo el terreno. —¿Y repartir el dinero? Negó. —No entiendes cuánto vale ahora. Un desarrollador lleva meses intentando comprarlo.
La cifra ofrecida era varias veces superior a lo que Tomás y yo habíamos pensado ahorrar durante toda nuestra vida. De pronto los ochenta mil pesos dejaron de importar. Mi prometido no estaba peleando por setenta y dos mil. Estaba intentando entrar legalmente en una operación millonaria utilizando nuestro matrimonio como puerta.
Entregamos todo a las autoridades y al Registro Público. La operación quedó bloqueada mientras se investigaban las firmas y los documentos. Tomás todavía intentó buscarme. —Podemos casarnos después de resolver esto. Lo miré sorprendida. —¿Todavía crees que el problema es la fecha de la boda? —Te amo. —No. Necesitabas mi apellido. Y confundiste necesitarlo con amarme.
Meses después recuperé el control de los derechos que mi padre me había dejado. No me hice millonaria de un día para otro ni acepté la primera oferta por el terreno. Primero regularicé cada documento y eliminé cualquier autorización que yo no hubiera otorgado. Araceli tuvo que responder por su participación, aunque colaboró para demostrar cómo había comenzado todo. Josefina dejó de llamarme. Y Tomás pasó de prepararse para una boda a explicar por qué documentos con mi firma habían aparecido en operaciones que yo jamás autoricé.
Guardé mi vestido durante varios meses. Después decidí venderlo. Con ese dinero invité a mi madre a un viaje que siempre habíamos pospuesto. La noche antes de salir me preguntó si todavía me dolía no haberme casado. —Me habría dolido mucho más descubrir todo esto después.
Porque aquella noche Tomás creyó que podía reducir nuestro acuerdo de ochenta mil pesos a ocho mil y que yo terminaría aceptándolo por miedo a cancelar una boda a pocas horas de celebrarla. Pero los setenta y dos mil que faltaban terminaron comprándome algo mucho más valioso que una ceremonia: la oportunidad de descubrir, justo a tiempo, que el hombre que quería compartir mi apellido no estaba preparándose para construir una vida conmigo.
Estaba preparándose para usarla.