Esperé que Tomás la corrigiera.
No lo hizo.
Me levanté y salí.
No cancelé la boda.
Tampoco llamé a mi familia.
Fui directamente al pequeño taller de costura de mi tía, donde guardábamos mi vestido.
Mientras retiraba unas cosas encontré en el bolsillo de la funda un recibo que yo no había puesto allí.
Era de una financiera de Mérida.
Aparecía el nombre de Tomás.
Y un pago reciente:
72,000 pesos.
Exactamente lo que faltaba.
Pero no correspondía a ningún préstamo suyo.
El número de contrato pertenecía a una mujer llamada Araceli Pech.
Llamé a la financiera fingiendo que necesitaba confirmar un depósito.
No me dieron información.
Sin embargo, diez minutos después recibí una llamada de un número desconocido.
—¿Usted es Milka?
—Sí.
La mujer respiraba agitadamente.
—Soy Araceli. Necesito saber por qué Tomás pagó mi deuda usando una cuenta relacionada con usted.
Sentí que se me helaban las manos.
—¿Quién es usted?
Hubo un silencio.
—Eso debería preguntárselo a Josefina.
Antes de que pudiera responder, colgó.
Regresé a casa y revisé los movimientos de la cuenta que usaríamos después de casarnos.
Tomás todavía no tenía autorización para retirar mi dinero.
Pero alguien había intentado hacerlo dos veces.
La segunda solicitud incluía un documento donde aparecía mi firma.
Falsa.
A las dos de la madrugada llamé a mi banco y congelé cualquier operación.
Después envié una sola fotografía del documento a mi abogado.
Su respuesta llegó casi inmediatamente:
“No vayas mañana al Registro Civil. Necesitamos hablar antes.”
Pensé que se refería únicamente a la falsificación.
Hasta que añadió:
“Revisé el contrato de Araceli. Los 72 mil pesos no son lo importante.”
Me llamó.
—Milka, ¿Tomás alguna vez te pidió una copia de tu acta de nacimiento?
Recordé que sí.
La necesitaba, según él, para los trámites matrimoniales.
—¿Por qué?
Mi abogado tardó unos segundos.
—Porque tu nombre aparece relacionado con esa deuda desde antes de que conocieras a Tomás.
Me quedé completamente inmóvil.
—Eso es imposible.
—Hay algo más. Araceli no es una acreedora de su familia.
—Entonces, ¿quién es?
Antes de responder, alguien golpeó desesperadamente la puerta.
Era Josefina.
Seguía vestida con la ropa de la cena.
Pero ya no tenía aquella expresión arrogante.
—Milka, por favor —susurró—. Mañana tienes que casarte con mi hijo.
—¿Por qué?
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Porque si no lo haces antes del mediodía, vas a descubrir para qué necesitábamos realmente tu apellido.
¿Qué pasó después… ? Parte 2:…..
PARTE 2
No dejé entrar a Josefina. —Dígame aquí para qué necesitan mi apellido. Miró hacia la calle y bajó la voz. —Araceli es mi hermana. —¿Y qué tiene que ver conmigo? Josefina apretó los labios. —Hace treinta años trabajó con tu padre. Sentí un golpe en el pecho. Mi padre había muerto cuando yo tenía doce años y mi madre jamás había mencionado a ninguna Araceli. —¿Qué deuda tenía con él? —No era una deuda con tu padre —respondió—. Era una deuda respaldada con algo que terminó registrado a tu nombre.
Mi abogado llegó antes del amanecer. Los documentos aclararon parte del misterio: años atrás mi padre había participado en la compra de un terreno cerca de Mérida junto con Araceli. Después hubo problemas entre las familias y la propiedad quedó atrapada en un conflicto legal. Cuando mi padre murió, sus derechos pasaron a mí. Yo nunca lo supe porque el expediente había permanecido prácticamente inmóvil durante años. Hasta que Araceli pidió un préstamo utilizando su parte como respaldo.
—¿Y Tomás? —pregunté. Mi abogado señaló una cláusula. Si yo me casaba bajo el régimen que Tomás había elegido para nuestros trámites, ciertos documentos posteriores podían presentarse con él como cónyuge interesado en la administración patrimonial. No significaba que automáticamente pudiera quedarse con mi propiedad, pero sí le daba la posición que necesitaban para intentar negociar conmigo desde dentro del matrimonio. Entonces comprendí por qué Tomás había insistido tanto en conseguir mi acta de nacimiento y por qué Josefina estaba desesperada por que la boda ocurriera antes del mediodía.
A las siete de la mañana llamé a Tomás. —¿Quién es Araceli? Guardó silencio. —Milka, puedo explicarlo. —Hazlo. —Mi mamá dijo que después de casarnos arreglaríamos todo. —¿Arreglar qué? —Ese terreno no debería ser únicamente tuyo. Sonreí sin humor. —Así que sí sabías. Tomás intentó convencerme de que los setenta y dos mil pesos eran solamente para liberar la deuda de Araceli y facilitar después un acuerdo sobre la propiedad. —Por eso ayer solo tenías ocho mil para nuestro matrimonio. —Era temporal. —No, Tomás. Temporal era el dinero. La mentira llevaba mucho más tiempo.
A las nueve envié un mensaje a mi familia: “La boda queda cancelada.” Dos minutos después Tomás apareció frente a mi casa. Ya estaba vestido para casarse. —¡No puedes hacerme esto! —Tú lo hiciste cuando falsificaste mi firma. Palideció. —Yo no falsifiqué nada. —Entonces dime quién lo hizo. Miró hacia su madre. Josefina bajó la cabeza.