Parte 2:
Durante unos segundos nadie habló. Yo seguía sosteniendo el teléfono con la cámara encendida mientras Mónica permanecía inmóvil frente a mi padre. Del otro lado de la llamada, Ricardo respiraba con una tranquilidad que me resultaba imposible comprender.
—¿Qué significa que papá dejará de existir? —pregunté sin apartar la vista de ella.
Mi hermano soltó una risa breve.
—Significa exactamente eso. Mañana ya no será legalmente Ernesto Montiel.
Sentí un escalofrío.
Antes de que pudiera responder, colgó.
Mónica intentó acercarse al teléfono que había dejado caer al suelo, pero fui más rápido. Lo recogí y bloqueé la pantalla. Después abrí la caja metálica que había estado contando unos segundos antes.
Dentro no solo había dinero.
También encontré varias credenciales.
Una llevaba la fotografía de mi padre.
Pero el nombre no era el suyo.
Decía Eduardo Molina.
Había otra identificación médica.
Una póliza de seguro.
Y un formulario para ingresar a una residencia privada.
Todo con esa identidad falsa.
Mi padre comenzó a mover desesperadamente la mano.
Esta vez entendí perfectamente lo que intentaba decir.
No estaba señalándome.
Señalaba un viejo portarretratos sobre la biblioteca.
Lo tomé.
Detrás de la fotografía había una pequeña llave pegada con cinta adhesiva.
Nunca antes la había visto.
Mónica perdió completamente la calma.
—¡No abra eso!
Aquella reacción confirmó que estaba en el camino correcto.
La llave pertenecía al antiguo escritorio de mi padre.
Dentro encontré una carpeta azul cuidadosamente envuelta en plástico.
Era un expediente elaborado por él mismo durante los meses posteriores al infarto.
Como ya no podía hablar con claridad, había comenzado a escribir frases cortas con ayuda de un terapeuta.
Cada hoja llevaba fecha.
Y todas repetían el mismo temor.
“Ricardo quiere vender todo.”
“No confíes en los papeles que traiga.”
“Nunca firmé voluntariamente.”
Las últimas páginas contenían copias de transferencias bancarias realizadas desde cuentas que yo desconocía.
Todas terminaban en una empresa llamada Patrimonio Horizonte.
Mientras revisaba los documentos escuché sirenas acercándose.
No las había llamado yo.
Mónica sonrió.
—Llegaron.
Pensé que era la policía.
Me equivoqué.
Entraron dos hombres vestidos con uniformes médicos.
Traían una camilla.
Uno de ellos mostró un documento.
—Venimos por el señor Eduardo Molina para su traslado.
Ni siquiera utilizaron el verdadero nombre de mi padre.
Les pregunté quién había solicitado ese procedimiento.
Respondieron sin dudar.
—Su hijo Ricardo Montiel.
Con autorización del tutor legal.
Sentí que el piso desaparecía bajo mis pies.
—¿Tutor legal?
Uno de los hombres me enseñó una copia certificada.
Mi hermano figuraba como representante exclusivo de mi padre.
Y mi nombre no aparecía en ninguna parte.
Entonces comprendí el verdadero plan.
No querían robar una propiedad.
Primero necesitaban borrar legalmente la identidad de mi padre para que todas sus decisiones anteriores dejaran de tener validez.
Solo así podrían vender bienes, cancelar cuentas y desaparecer cualquier rastro del verdadero Ernesto Montiel.
En ese momento mi padre hizo un enorme esfuerzo.
Con la mano temblorosa señaló nuevamente la carpeta azul.
Dentro había un sobre que yo todavía no había abierto.
Lo rompí inmediatamente.
Encontré un análisis genético fechado cuatro años antes.
Y una carta escrita con enorme dificultad.
Solo tenía una frase.
“Ricardo ya sabe que no es mi hijo biológico.”
¡REGRESÉ A CASA POR UNOS DOCUMENTOS Y ESCUCHÉ