En un correo, Bruno escribió:
“Si Camila consigue que él reconozca al primer niño, los demás entrarán sin preguntas. Mercedes hará el resto. Está desesperada por tener nietos”.
En otro, Iván respondió:
“Yo pongo el material genético. Tú aseguras las acciones. Cuando el mayor cumpla dieciocho, controlaremos el fideicomiso”.
Camila no había quedado embarazada por una aventura casual. Los tres embarazos fueron realizados en secreto mediante inseminaciones en clínicas vinculadas con NovaGen. Rodrigo había sido elegido precisamente porque no podía tener hijos y todavía no lo sabía.
El plan era convertir a los niños en herederos legales del grupo, colocar a Camila como su representante y usar a Bruno para controlar la empresa desde dentro.
Aun faltaba una pieza.
En los documentos de la maleta encontramos un fideicomiso modificado tres meses antes. Mercedes, mi suegra, había firmado como testigo para entregar a los niños el veinticinco por ciento de las acciones familiares si Rodrigo moría o quedaba incapacitado.
Cuando se lo mostré, palideció.
—Camila me dijo que era para proteger a mis nietos.
—No firmó por amor —le respondí—. Firmó porque estaba tan obsesionada con humillarme que dejó entrar a unos desconocidos al corazón de su familia.
Rodrigo pidió que reuniéramos a todos en la sala de consejo de Grupo Alcázar. Camila llegó acompañada de sus abogados. Seguía insistiendo en que había sido manipulada por su hermano.
Entonces Mauricio colocó sobre la mesa una grabación recuperada de la USB.
La voz de Camila llenó la sala:
“Cuando Rodrigo tenga el accidente que Iván planeó, yo seré la tutora de los niños y Bruno controlará las acciones”.
Rodrigo se puso de pie lentamente.
—¿Qué accidente?
Antes de que alguien pudiera responder, Iván entró escoltado por agentes de la Fiscalía.
Y traía una confesión que iba a destruirlos a todos.
PARTE 3
Iván no miró a Camila cuando tomó asiento. Tenía el rostro gris, la camisa arrugada y las manos esposadas frente al cuerpo. A su lado, dos agentes de la Fiscalía de la Ciudad de México colocaron una carpeta sellada sobre la mesa.
Camila se levantó de golpe.
—¡No puedes declarar sin tu abogado!
Iván soltó una risa amarga.
—Mi abogado fue quien me recomendó hablar. Bruno ya intentó culparme de todo.
Bruno estaba sentado al otro extremo, custodiado por otro agente. Por primera vez desde que lo conocía, no parecía el joven seguro y ambicioso que se paseaba por las oficinas de Grupo Alcázar como si ya fueran suyas. Sudaba, evitaba mirar a su hermana y apretaba los labios con desesperación.
Rodrigo permanecía inmóvil. El médico le había prohibido salir del hospital, pero él firmó el alta voluntaria. Llevaba un traje oscuro y el rostro demacrado. Aun así, su presencia imponía silencio.
—Habla —ordenó.
Iván respiró hondo.
Contó que cuatro años antes NovaGen atravesaba una crisis financiera. Bruno le ofreció salvar la empresa a cambio de participar en un plan. Sabían que Mercedes presionaba a Rodrigo para tener descendencia y que el matrimonio conmigo se estaba desgastando. También sabían, gracias al expediente médico robado, que Rodrigo tenía una microdeleción genética que hacía imposible la concepción natural.
Camila ya trabajaba como asistente ejecutiva. Su tarea fue acercarse a él, acompañarlo en viajes, ganarse su confianza y hacerle creer que una relación secreta había terminado en embarazo.
—¿Nunca estuviste conmigo por amor? —preguntó Rodrigo.
Camila bajó la mirada.
—Al principio era parte del plan. Después… pensé que podía construir una vida contigo.
—¿Construir una vida? —Rodrigo golpeó la mesa con la palma—. Me hiciste criar como herederos a los hijos de otro hombre.
Iván cerró los ojos.
—Son mis hijos biológicos, pero nunca fueron concebidos como una familia. Para Bruno eran documentos con piernas. Cada nacimiento aumentaba la presión sobre el fideicomiso.
Mercedes comenzó a llorar.
Iván explicó que las clínicas habían falsificado consentimientos y registrado los procedimientos como tratamientos ginecológicos comunes. Camila simulaba haber quedado embarazada después de estar con Rodrigo. Él, cegado por su orgullo y por el deseo de complacer a sus padres, jamás pidió una prueba de paternidad.
Cuando nació el primer niño, Mercedes obligó a la familia a reconocerlo públicamente. Con el segundo, convenció a Rodrigo de otorgarles protección económica. Después del tercero, impulsó la modificación del fideicomiso.
—¿Y el accidente? —pregunté.
La sala quedó inmóvil.
Iván miró a Bruno.
—Yo nunca planeé matarlo. Bruno quería provocar una falla en el sistema de asistencia del auto de Rodrigo. No buscaba un choque espectacular. Quería que pareciera un accidente en carretera. Si Rodrigo quedaba muerto o incapacitado, Camila sería representante de los niños y el fideicomiso se activaría.
Bruno se puso de pie.
—¡Es mentira!
Uno de los agentes lo obligó a sentarse.
Iván señaló la carpeta de la Fiscalía.
—Ahí están los mensajes, los pagos al técnico y la orden de compra de un módulo alterado. Yo ayudé a conseguir el contacto, pero me arrepentí. Por eso guardé la grabación. Pensé usarla para protegerme si Bruno intentaba eliminarme también.
Rodrigo perdió el color del rostro. Dos semanas antes había cancelado un viaje a Querétaro porque su camioneta presentó una alerta electrónica. Todos creyeron que era una falla de fábrica.
Bruno no solo quería robarle el apellido.
Estaba dispuesto a matarlo.
Camila comenzó a sollozar.
—Yo no sabía lo del auto. Te juro que no sabía.
—Pero sí sabías lo de los niños —dijo Rodrigo.
—Sí.
La palabra cayó con una brutalidad mayor que cualquier grito.
Camila admitió que aceptó la primera inseminación porque Bruno le prometió dinero y un futuro. Después se acostumbró a la ropa, los viajes, la casa y el respeto que recibía por ser la madre de los supuestos herederos. Con cada embarazo, la mentira se volvió más difícil de abandonar y, al mismo tiempo, más rentable.
—También disfrutabas humillarme —le dije.
Me miró por primera vez.
—Tú lo tenías todo.
—No. Yo tenía un apellido en la puerta y una habitación vacía. Tú tenías a mi esposo, el respaldo de mi suegra y una mentira que todos preferían creer.
Camila apretó los puños.
—Mercedes me decía que tú eras fría, que no merecías a Rodrigo, que una mujer incapaz de darle hijos a su marido no servía para dirigir una familia.
Mercedes se cubrió la boca.
Yo giré hacia ella.