Mariana llevó las pruebas a casa. Esperaba vergüenza. Recibió desprecio.
—Vende dos clínicas y salva a tu marido —ordenó Teresa—. Para eso sirve una esposa.
Mariana canceló las tarjetas, inició el divorcio y les dio una semana para abandonar la casa.
Siete días después, Teresa apareció con lágrimas, té de tila y una póliza de vida por cuarenta millones. Alejandro figuraba como beneficiario.
Mariana comprendió el cálculo: veinte millones de deuda, cuarenta millones de indemnización.
Aun así, sonrió y firmó.
Esa misma noche instaló una grabadora en su estudio. Horas después escuchó a Teresa decirle a su hijo:
—No necesitamos que nos perdone. Solo necesitamos que muera antes de que termine el divorcio.
Y lo que planearon después era mucho peor que cualquier pesadilla.
PARTE 2
A la mañana siguiente, Mariana acudió directamente a la aseguradora. Como titular de la póliza, cambió al beneficiario sin avisar a nadie: si moría, los cuarenta millones serían entregados a la casa hogar donde había crecido.
Después contrató a Arturo Méndez, un investigador privado y antiguo policía ministerial. Su equipo instaló cámaras diminutas en las áreas comunes de la residencia, mientras Mariana fingía creer en el arrepentimiento de su esposo y su suegra.
Las imágenes confirmaron lo peor.
El plazo de los cobradores vencía esa misma semana y la desesperación aceleró cada decisión de la familia.
Primero, Teresa vertió un polvo blanco en un caldo que preparó para Mariana. Ella simuló probarlo, guardó una muestra y el laboratorio encontró sustancias tóxicas. Días después, una cámara del garaje grabó a Alejandro manipulando el sistema de frenos de su camioneta.
Mariana no condujo sola. Arturo y un mecánico documentaron el corte antes de entregar el vehículo a las autoridades. Sin embargo, para no alertar a la familia, ella regresó a casa con una venda en la frente y fingió que había sufrido un accidente menor.
Aquella noche oyó la discusión definitiva.
—Nos quedan dos días —dijo Alejandro, pálido—. Si no pago, van a destruirme.
—Entonces será con fuego —respondió Teresa—. Tú te irás a Monterrey para tener coartada. Yo le daré un sedante, cerraré su puerta y haré parecer que una vela incendió sus perfumes.
Mariana envió copias de todas las grabaciones a su abogada y acordó con Arturo que, si se activaba el detector de humo, él llamaría inmediatamente al 911 y entregaría las pruebas a la Fiscalía.
La última noche, Alejandro salió con una maleta. Teresa llevó a Mariana una infusión de hierbas cargada con pastillas para dormir. Mariana fingió beberla y dejó la taza sobre el tocador.
También dejó a la vista un bolso de edición limitada y un juego de diamantes. No era una trampa para matar a nadie; era una manera de demostrar que Fernanda entraba constantemente a robarle. Una cámara grabaría el hurto y Mariana tendría otra prueba para expulsarla legalmente.
Pero Fernanda entró descalza cerca de la medianoche, tomó el bolso, se puso el collar y bebió los restos de la infusión, pensando que era un té costoso. Minutos después cayó inconsciente sobre la cama.
Mariana la vio desde el balcón y trató de volver, pero en ese instante Teresa aseguró la puerta desde afuera con una cadena. Después comenzó a verter gasolina.
Mariana activó la alarma silenciosa y se refugió en la terraza de servicio.
El fuego subió por la alfombra con una rapidez brutal.
Convencida de que su nuera estaba atrapada, Teresa llamó para burlarse. Entonces escuchó a Fernanda despertar entre el humo.
—¡Mamá, ayúdame!
Teresa empezó a golpear la puerta y a suplicar por una llave que no tenía. A lo lejos ya se oían sirenas.
Cuando los bomberos derribaron la entrada, sacaron a una mujer cubierta por una manta térmica. Nadie sabía si seguía con vida.
Y en ese momento Alejandro apareció gritando, sin imaginar que todas sus mentiras estaban a punto de arder frente a la policía.
PARTE 3
Los paramédicos colocaron a la mujer en una camilla y le cubrieron el rostro con una mascarilla de oxígeno. Teresa quiso acercarse, pero dos policías la detuvieron. Tenía las manos impregnadas de gasolina, el camisón manchado de hollín y un encendedor todavía en el bolsillo.
—¡Es mi hija! —gritaba—. ¡Yo no sabía que estaba ahí!
Mariana fue bajada desde el balcón por una escalera de bomberos. Estaba consciente, con irritación en los ojos y una leve intoxicación por humo, pero no tenía quemaduras. Cuando Alejandro la vio viva, se quedó inmóvil. Durante un segundo no mostró alivio, sino desconcierto.
Ese gesto fue suficiente para que Arturo, que había llegado con los agentes, entendiera que el esposo esperaba encontrar un cadáver.
—¿No estabas rumbo a Monterrey? —preguntó Mariana.
Alejandro reaccionó tarde.
—Volví en cuanto mamá me avisó.
—Tu vuelo nunca salió. Mi investigador te vio registrarte en un hotel cerca del aeropuerto.
La expresión de Alejandro se desmoronó.
Los bomberos lograron estabilizar a Fernanda. Había inhalado humo y sufrido quemaduras en un brazo, pero seguía viva. La rapidez de la llamada de emergencia y la puerta cortafuego del baño evitaron que las llamas consumieran toda la habitación. Permaneció inconsciente durante horas, mientras la residencia era acordonada como escena del crimen.
Teresa intentó imponer su primera versión.
Dijo que había olido humo, que corrió a ayudar y que la cadena estaba colocada porque Mariana temía robos. Aseguró que el incendio comenzó por una vela aromática. También juró que nunca había tocado gasolina.
Entonces un perito levantó una de las garrafas azules que seguían junto a la escalera.
—¿Tampoco reconoce esto, señora?
Teresa guardó silencio.
En la comandancia, Mariana pidió declarar frente a su esposo y su suegra. Colocó sobre la mesa una memoria con los videos, los análisis del caldo, las fotografías del freno cortado, el contrato de seguro y el comprobante del cambio de beneficiario.
El primer video mostraba a Teresa mezclando el veneno.
El segundo mostraba a Alejandro debajo de la camioneta.
El tercero contenía la conversación en la que ambos calculaban cuánto dinero les quedaría después de pagar la deuda.
Finalmente, se escuchó la voz de Teresa frente a la puerta incendiada:
—Viva serviste a mi familia y muerta también vas a servirnos.
Nadie habló durante varios segundos.
Alejandro comenzó a llorar.
—Mi mamá organizó todo —dijo—. Yo tenía miedo. Esos hombres me amenazaban. Yo nunca quise que Mariana muriera.
Teresa giró lentamente hacia él.
—¿Cómo te atreves? Tú me rogaste que lo hiciera. Tú cortaste los frenos.
—Porque tú dijiste que era la única salida.
En menos de un minuto, la familia que tanto presumía su unión comenzó a despedazarse frente a los investigadores. Cada uno intentaba salvarse entregando al otro.
Mariana los observó sin satisfacción. Había imaginado ese momento muchas veces, pero lo único que sintió fue cansancio. Durante tres años había financiado sus lujos, soportado sus desprecios y confundido gratitud con amor. Ahora entendía que nunca la habían visto como esposa o hija. Para ellos era una cuenta bancaria con piernas.
—Querían cobrar cuarenta millones —dijo ella—. No recibirán un solo peso. El beneficiario es la Casa Hogar Santa Elena.
Teresa abrió los ojos.
—Eso no puede ser. Alejandro era el beneficiario.
—Lo cambié al día siguiente de firmar. Aunque hubieran logrado matarme, el dinero habría sido para niños sin familia.
Alejandro golpeó la mesa con las esposas.
—¡Nos tendiste una trampa!
—No. Les quité el premio. La decisión de envenenarme, sabotear mi camioneta y quemar la casa fue de ustedes.