En tres años, mi madre había transferido más de dieciocho millones de pesos a sus hermanos y sobrinos: deudas de apuestas, automóviles, terrenos y viajes. También descubrí que mi tío Raúl había solicitado créditos usando documentos de una empresa subsidiaria, con la firma falsificada de uno de mis directores.
A medianoche, Ofelia llamó exigiendo que regresara a arrodillarme ante ella y sus invitados. Amenazó con matarse si no obedecía.
—Mañana volveré —respondí con calma—. Y resolveremos todo.
Ella creyó que había ganado.
Colgué, bloqueé sus tarjetas, congelé las transferencias y envié las pruebas al abogado del grupo. A la mañana siguiente, cuando mi madre esperaba verme pedir perdón, entré a la casa acompañado por veinte elementos de seguridad, un notario y una carpeta capaz de destruirlos a todos.
Ya no se trataba de dinero. Se trataba de impedir que la crueldad siguiera disfrazándose de autoridad familiar.
PARTE 3
La sala todavía olía a vino derramado y comida rancia. Mi madre estaba sentada en el sillón principal, vestida con seda roja y cubierta de joyas. A su alrededor se habían reunido mi tío Raúl, dos tías, cuatro primos y varias amigas que no se habían marchado del todo porque esperaban presenciar mi humillación.
Nadie se levantó a saludarme.
Raúl golpeó la mesa.
—¡Por fin llegas! Tu madre quedó en ridículo por tu culpa. Más te vale devolverle las tarjetas y disculparte con la familia.
Puse la carpeta sobre el cristal.
—No vine a pedir perdón. Vine a cerrar las cuentas.
Mi abogado, el licenciado Salgado, repartió copias de estados bancarios, contratos y fotografías extraídas de las cámaras. El color desapareció del rostro de todos.
Señalé la primera transferencia.
—Quinientos mil pesos para pagar apuestas de Raúl. Dos millones para un terreno a su nombre. Tres camionetas para mis primos. Viajes, relojes, cirugías estéticas y retiros en efectivo. Dieciocho millones en total.
Ofelia levantó la barbilla.
—Es mi dinero. Soy tu madre.
—No. Era una tarjeta para tus gastos personales. No una caja para mantener parásitos.
Raúl intentó romper los documentos, pero dos guardias lo sujetaron.
—Y esto —continué— es una solicitud de crédito presentada con papeles de mi empresa y una firma falsificada. Si no entregas las llaves de las propiedades compradas con ese dinero y firmas un convenio de restitución, hoy mismo presentaremos la denuncia ante la Fiscalía de Jalisco.
Mi tío dejó de gritar.
Entonces encendí la pantalla del salón. Apareció el video de la cocina: Ofelia arrojando caldo frío al plato de don Ernesto y doña Lupita. Después mostré las imágenes del dormitorio de Mariana lleno de humo, mientras ella tosía y protegía su herida.
—Mira bien, mamá. Esa mujer estuvo a punto de morir para dar a luz a tu nieto. Yo te pedí silencio, higiene y descanso. Tú sacaste a las enfermeras y convertiste su cuarto en escenario para tus supersticiones. Después humillaste a las dos personas que salvaron la vida de tu hijo.
—Yo sólo quería corregirlos —respondió—. Esa gente no sabe comportarse en una casa de categoría.
Sentí que algo se rompía definitivamente dentro de mí.
—¿Casa de categoría? Cuando yo estaba tirado en una bodega, tú huiste con tus ahorros. Ellos vendieron su parcela, hipotecaron su techo y se arrodillaron para que no me mataran. Todo lo que ves aquí nació de la segunda oportunidad que ellos compraron. Tú llegaste cuando ya había portadas, choferes y cuentas bancarias.
Mis tías empezaron a murmurar que los problemas del pasado debían olvidarse. Una de ellas culpó a Mariana por “separar a la familia”.
—Mariana fue quien me pidió que recibiera a mi madre —dije—. Ella soportó insultos durante años para que yo no cargara con la fama de hijo ingrato. No vuelvan a pronunciar su nombre.
Ofelia se puso de pie y se golpeó el pecho.
—¡Te di la vida! ¡Lo tuyo también me pertenece! Si me echas, me mato y todos sabrán qué clase de monstruo eres.
La amenaza dejó la sala en silencio.
La miré sin moverme.
—La noche en que me abandonaste, Alejandro Mendoza murió. Don Ernesto, doña Lupita y Mariana recogieron lo que quedaba de mí. No voy a permitir que uses tu vida para controlar la mía. Si estás en peligro, llamaré a un médico y recibirás atención. Pero no obtendrás otra tarjeta, otra casa ni otra oportunidad de lastimar a mi esposa.
Mi madre pareció comprender por primera vez que sus gritos ya no tenían poder.
Me volví hacia los guardias.
—Todos, excepto ella, tienen quince minutos para recoger únicamente sus pertenencias personales. Lo comprado con dinero de mis cuentas se queda hasta que termine la auditoría.
Los reclamos estallaron. Raúl me llamó traidor. Mis primas lloraron por las camionetas que consideraban suyas. Las amigas de Ofelia desaparecieron sin despedirse. Cuando un primo intentó sacar un reloj de la habitación de Mariana, el equipo de seguridad lo encontró en su mochila y lo obligó a dejarlo.
Quince minutos después, la puerta principal se cerró detrás de ellos.
Raúl firmó el convenio esa misma tarde. Entregó el terreno, dos vehículos y aceptó un plan para devolver el resto. Aun así, la investigación por falsificación siguió adelante. Yo no buscaba venganza; buscaba impedir que alguien volviera a utilizar mi empresa para financiar apuestas. Meses después, un juez lo vinculó a proceso y tuvo que responder por sus propios actos.
Cuando la sala quedó vacía, el licenciado Salgado colocó otro documento frente a Ofelia.
No era una orden para dejarla en la calle. Yo había comprado un departamento cómodo en Zapopan y establecido una pensión mensual suficiente para alimentación, medicinas y servicios. La propiedad seguiría a mi nombre. Las condiciones eran claras: no podría solicitar créditos usando mi apellido, disponer de cuentas del grupo ni entrar a mi casa sin invitación. Durante la recuperación de Mariana, tampoco podría acercarse a ella ni al bebé.