EL HOMBRE AL QUE CRIÉ COMO A MI PROPIO HIJO

 

 

**Parte 2**
Abrí la puerta sin imaginar que aquel hombre cambiaría por completo la imagen que conservaba de Iván. El abogado se presentó, me entregó su tarjeta y dejó un sobre grueso sobre la mesa de mi pequeña cocina.
—Mi nombre es Alejandro Fuentes. Represento al señor Iván Herrera.
Lo miré con frialdad.
—Hace un año él me pidió que no volviera a buscarlo.
El abogado bajó la cabeza.
—Lo sé. Y se arrepintió de esas palabras mucho antes de lo que usted imagina.
No respondí.
Él abrió lentamente el expediente.
Dentro había recortes de prensa, demandas mercantiles, estados financieros y varios documentos judiciales.
La empresa que convirtió a Iván en uno de los empresarios más jóvenes del norte del país había quebrado después de que dos socios desviaran millones de pesos utilizando contratos falsificados.
Los bancos congelaron las cuentas.
Los inversionistas iniciaron demandas.
Los medios comenzaron a hablar de fraude antes de que terminara la investigación.
Pero eso no era lo peor.
El abogado sacó una carpeta médica.
—Hace cuatro meses le diagnosticaron insuficiencia renal avanzada.
Sentí que el corazón se encogía.
—¿Está… muy grave?
Asintió lentamente.
—Necesita un trasplante. Los médicos creen que todavía hay posibilidades, pero el tiempo juega en su contra.
Me quedé inmóvil.
Aun así seguía sin entender por qué aquel hombre había llegado hasta mi casa.
Entonces colocó sobre la mesa un poder notarial firmado por Iván.
—Antes de ingresar al hospital nos pidió localizarla.
Levanté lentamente la vista.
—¿Para qué?
El abogado respiró profundamente.
—Porque perdió la confianza en todos los que lo rodeaban.
Sus antiguos socios desaparecieron.
La prometida rompió el compromiso apenas comenzaron las deudas.
Muchos de los amigos que aparecían en las fotografías dejaron de contestarle el teléfono.
Solo pronunció un nombre.
El suyo.
Saqué una de las viejas cartas que Iván escribió cuando era niño.
La coloqué junto al expediente.
El abogado la observó en silencio.
—Nunca dejó de hablar de usted.
Solo tuvo miedo de que la gente descubriera que no provenía de la familia que inventó para abrirse camino.
Quiso parecer alguien distinto.
Y terminó perdiéndose a sí mismo.
Aquellas palabras dolían más que cualquier enfermedad.
El abogado me entregó un último sobre.
—Esto debía dárselo únicamente si aceptaba escuchar toda la historia.
Lo abrí.
Era una carta escrita por Iván desde el hospital.
Las primeras líneas hicieron que las lágrimas aparecieran sin pedir permiso.
*”Madre… si todavía me permites llamarte así, necesito verte una vez más. No para que me salves del dinero que perdí. Necesito pedirte perdón por haber olvidado quién me enseñó a vivir cuando no tenía absolutamente nada.”*
Doblé lentamente la carta.
Miré al abogado.
—¿Dónde está Iván?
Él respondió con un hilo de voz.
—En el Hospital General de Monterrey.
Y no sabemos cuánto tiempo más podrá esperar.

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