Parte 3
Volví a tomar mi destornillador. Retiré cuidadosamente la esfera y encontré un pequeño compartimento detrás del número seis. Dentro había una tarjeta de memoria envuelta en papel encerado. Fabián se levantó tan rápido que tiró la silla. Y entonces supe que, fuera lo que fuera aquello, él ya sabía que existía.
La tarjeta contenía varios videos grabados por Elena durante sus últimos meses de vida. En uno aparecía Fabián sentado en nuestra cocina preguntándole cuánto valían la casa y el local. En otro insistía en que firmara una autorización mientras yo trabajaba fuera. Mi esposa se negaba una y otra vez. Pero el último archivo era diferente.
Elena hablaba directamente a la cámara. Explicaba que no quería enfrentar a nuestro hijo mientras estaba enferma porque temía que simplemente esperara hasta su muerte para intentarlo conmigo. Por eso había preparado la caja 214, protegido los documentos originales y escondido la tarjeta dentro del reloj. También había conservado registros de conversaciones con Verónica. No pretendía desheredar a Fabián; quería impedir que utilizara nuestra edad para convertir nuestros bienes en suyos antes de tiempo.
A la mañana siguiente acudí a la audiencia acompañado por Adriana. Fabián también llegó, pero sus abogados ya conocían las grabaciones. Los informes de Verónica fueron cuestionados y se ordenó una evaluación independiente antes de considerar cualquier medida sobre mis bienes. Yo respondí preguntas sobre mis cuentas, mis propiedades, mis medicamentos y mi vida cotidiana. No necesité demostrar que era un hombre de treinta años. Solo que seguía siendo capaz de decidir por mí mismo.
Las pruebas posteriores confirmaron irregularidades en varios documentos. Verónica tuvo que responder por su participación y Fabián dejó de tener acceso a mis cuentas y propiedades mientras se investigaba lo ocurrido. Cambié las cerraduras de mi casa y cancelé todas las autorizaciones que alguna vez le había entregado. No fue una victoria agradable. Seguía siendo mi hijo.
Meses después abrí nuevamente mi antiguo taller. No para trabajar diez horas diarias como antes, sino tres tardes por semana. Reparaba únicamente los relojes que quería y enseñaba el oficio a un muchacho del barrio que tenía paciencia para las piezas pequeñas. Mis manos seguían temblando algunos días. Cuando eso ocurría, descansaba.
El reloj de Elena volvió a funcionar finalmente. Las manecillas avanzaron por primera vez después de años detenidas a las 6:43. Decidí no corregir aquella hora inmediatamente. Me quedé observándolo durante un minuto mientras escuchaba nuevamente su mecanismo. Después ajusté las manecillas y lo colgué sobre mi mesa de trabajo.
Fabián intentó hablar conmigo tiempo después. Lo escuché, pero no le devolví las llaves ni el control de mis cuentas. Perdonar, si algún día llegaba a hacerlo por completo, no significaba volver a entregarle mis decisiones. A mis setenta y nueve años podía necesitar ayuda para algunas cosas. Eso no convertía mi vida en propiedad de otra persona.
Todavía conservo el viejo destornillador que mi hijo me arrancó de la mano aquella mañana. Lo dejé junto al reloj de Elena como recordatorio. Durante meses todos discutieron si mis manos eran demasiado viejas para sostener herramientas. Al final, fueron precisamente esas manos las que abrieron el mecanismo que había guardado la verdad durante cinco años.