Se puso de pie lentamente.
—Ahora entiendo por qué tu padre me pidió revisar esto antes de morir.
Saúl golpeó la mesa.
—¡Mi papá no tiene nada que ver!
Su madre abrió la última página de la carpeta.
—Tiene todo que ver.
Después me miró.
—Claudia, hay algo que Saúl debía contarte antes de que nacieran los niños.
Sentí que el pecho se me cerraba.
—¿Qué cosa?
Doña Elvira dejó frente a mí una copia de un acta.
Había un nombre infantil, una fecha de nacimiento de tres años atrás y, en la casilla correspondiente al padre, aparecía el nombre completo de mi esposo.
¿Qué pasó después… ? Parte 2:
Parte 2:
Miré el acta varias veces esperando haber entendido mal.
El niño se llamaba Emiliano.
Tenía tres años.
Saúl figuraba como su padre.
—¿Quién es? —pregunté.
Saúl no respondió.
Doña Elvira sí.
—Tu esposo tuvo un hijo antes de casarse contigo.
Sentí que las piernas me temblaban.
Saúl empezó a decir que había sido una relación corta, que Emiliano había nacido cuando nosotros apenas comenzábamos a salir y que nunca encontró el momento para contármelo.
—Tres años no son “no encontrar el momento”.
Berenice señaló los estados de cuenta.
Las transferencias iban a Verónica, la madre del niño. Saúl había cumplido con parte de sus gastos, pero lo hacía a escondidas.
El problema no era que ayudara a su hijo.
Era que para hacerlo había dejado de pagar la renta, los medicamentos y hasta la fórmula de Bruno y Mateo.
—¿Me decías que no había dinero mientras enviabas miles de pesos a otra cuenta?
—Es mi hijo, Claudia.
—Ellos también.
Miré hacia la habitación donde dormían los gemelos.
Eso fue lo que más me dolió.
No estaba delante de un hombre incapaz de mantener a sus hijos.
Estaba delante de un hombre que había decidido cuáles podían conocer la verdad.
Doña Elvira explicó entonces por qué había llamado a la abogada.
Su esposo, antes de morir, había descubierto la existencia de Emiliano. Sabía que Saúl escondía cuentas y le había pedido que, si algún día volvía a hacerlo, protegiera a todos sus nietos.
Por eso esperó hasta después del nacimiento de los gemelos.
Quería creer que Saúl asumiría solo sus responsabilidades.
No ocurrió.
—No contraté a Berenice para quitarte dinero —le dijo—. La contraté porque tienes tres hijos y estás usando a uno como excusa para abandonar a los otros dos.
Saúl perdió la paciencia.
—¡Tú no sabes todo!
—Entonces cuéntalo.
Se hizo un silencio largo.
Finalmente admitió que las transferencias a Verónica no eran todo.
Berenice sacó otro estado de cuenta.
Había retiros mucho mayores.
Hoteles.
Restaurantes.
Compras que yo nunca había visto.
Y una transferencia reciente realizada dos días después del nacimiento de los gemelos.
—¿Eso también era para Emiliano? —pregunté.
Saúl apretó la mandíbula.
Doña Elvira miró el movimiento bancario.
—No.
Reconocía la cuenta.
Pertenecía a una pequeña empresa que había sido de su esposo.
Saúl había retirado dinero de ahí después de la muerte de su padre.
Berenice abrió otro documento.
—Hay fondos de una herencia que debían dividirse entre los nietos.
Sentí otro golpe en el estómago.
Saúl ya no estaba escondiendo solamente un hijo.
Había estado moviendo dinero que ni siquiera le pertenecía por completo.
—¿Dónde está ese dinero? —preguntó Elvira.
Mi esposo se quedó mirando la mesa.
Después dijo algo que cambió por completo la conversación.
—Verónica me estaba amenazando.
Levanté la vista.
—¿Con qué?
Saúl respiró hondo.
—Con contarle a Claudia que Emiliano no fue el único hijo que oculté.
Nadie habló.
Berenice dejó lentamente su pluma sobre la mesa.
Doña Elvira cerró los ojos.
Y entonces comprendí que todavía no habíamos llegado al verdadero motivo por el que mi suegra había venido acompañada de una abogada.
¿Qué pasó después…?