—¿Qué estás haciendo?
—Separando responsabilidades.
La farmacéutica puso sobre el mostrador la libreta de pagos. No era la mía. Era la de la farmacia.
En todas las páginas aparecía el mismo nombre en la columna de quien liquidaba:
Anaís Mercado.
Doña Hortensia bajó la voz.
—Eso no prueba nada.
—No —dije—. Por eso traje lo demás.
Abrí la carpeta.
No había reclamos.
Había copias de transferencias, recibos y mensajes donde Samuel me pedía pagar “para que mi mamá no piense mal de mí”.
Brenda intentó arrebatarme una hoja, pero la farmacéutica puso la mano encima.
—Señora, por favor.
Samuel se acercó a mi oído.
—Me estás dejando en ridículo.
—No, Samuel. Solo dejé de cubrirte.
Entonces la tía Lucero, que hasta ese momento no había hablado, sacó una receta arrugada de su bolsa.
—¿Y esto también lo pagabas tú?
Me la mostró.
Era una orden de medicamento controlado con mi firma falsificada como “responsable familiar”.
Sentí que se me heló la cara.
—Yo nunca firmé eso.
Samuel palideció.
Doña Hortensia intentó guardarla, pero Lucero no la soltó.
En la esquina inferior había una nota escrita con pluma negra:
“Usar firma de Anaís. Si pregunta, decir que Samuel la mantiene y no tiene cómo reclamar.”
La farmacia quedó en silencio.
Y por primera vez, la familia que siempre llegó a recoger ayuda salió cargando algo distinto.
Vergüenza.
La receta en la mano de la tía Lucero parecía poca cosa: papel arrugado, sello medio corrido, letra de doctor apurada y mi nombre escrito abajo como responsable familiar. Pero yo sentí que estaba viendo una puerta que Samuel llevaba meses abriendo a mis espaldas. No era solo que me pasara recibos después de presumir que él pagaba. No era solo que su familia llenara carritos de medicinas y uniformes con una seguridad que no les costaba nada. Era mi firma, mi nombre, mi apellido, puesto en una orden de medicamento controlado como si yo hubiera autorizado algo que ni sabía que existía. La farmacéutica, doña Marina, tomó la receta con cuidado y la comparó con las hojas de su archivo. Samuel se puso blanco antes de que ella dijera nada.
—Esta no es la primera —dijo doña Marina, bajando la voz.
Doña Hortensia se llevó una mano al pecho, como si acabaran de insultarla en misa.
—No empiece con exageraciones. Anaís siempre pagaba. Solo está haciendo berrinche porque mi hijo la puso en su lugar.
Yo la miré sin enojo. Eso fue lo que más le molestó. Durante años mi defensa había sido callarme, pagar y regresar a casa a dormir con la mandíbula apretada. Esa mañana, en cambio, abrí mi carpeta y saqué un folder separado. Ahí estaban las capturas de mensajes de Samuel: “Paga esto y te lo repongo”, “No le digas a mi mamá que salió de tu cuenta”, “Firma rápido, es para el crédito de la farmacia”, “Luego te explico”. Yo nunca firmé recetas. Pero sí había firmado una vez una autorización general para que la farmacia me facturara medicamentos de doña Hortensia. Esa firma fue la que copiaron.
Brenda, mi cuñada, dejó de reírse.
—Samuel, ¿qué es eso?
Él intentó recuperar autoridad con un manotazo sobre el mostrador.
—Son medicinas para la familia. Anaís siempre ha sabido.
—Yo sabía de paracetamol, insulina y presión alta —dije—. No de medicamento controlado con mi firma falsa.
La tía Lucero se acomodó los lentes y miró otra vez su receta.
—A mí me dijeron que era para mi ansiedad. Pero nunca me dieron cajas completas. Samuel se llevaba la mitad porque decía que salía más barato comprar por lote.
Doña Marina abrió la libreta de control de medicamentos. Cada venta tenía número, fecha, receta retenida y responsable. En varias páginas aparecía mi nombre. Anaís Mercado. Anaís Mercado. Anaís Mercado. Pero las firmas no eran iguales. Algunas parecían calcadas, otras temblorosas, otras demasiado redondas. En la columna de quien recogía casi siempre aparecía “S. Cordero” o “H. Cordero”. No solo habían usado mi dinero. Habían usado mi nombre para respaldar compras delicadas que podían meterme en problemas legales, cerrar mi papelería y dejarme marcada como alguien que desviaba medicinas.
La farmacéutica llamó a su contador y pidió sacar las facturas de los últimos doce meses. Samuel intentó irse, pero la tía Lucero le cerró el paso con su bolsa de tela.
—No, mijo. Si esto tiene mi nombre, yo también quiero saber.
Doña Hortensia la fulminó.
—Lucero, no seas malagradecida.
—Agradecida de qué, Hortensia. Si me daban pastillas contadas y me decían que era porque Anaís no quería pagar más.
Ahí entendí otra parte. A ellos también les mentían, pero la mentira siempre terminaba señalándome a mí. Si había medicinas, era porque Samuel era generoso. Si faltaban, era porque Anaís era tacaña. Si alguien se quedaba corto, era porque yo “controlaba” el dinero. Samuel había construido su papel de proveedor usando mi cartera para subir y mi nombre para cubrirse cuando algo saliera mal.
Doña Marina sacó una carpeta amarilla del estante. Venían recetas vacías, hojas con sellos de médicos pero sin datos completos, copias de credenciales y notas pegadas con cinta. En una, con la misma pluma negra de la receta de Lucero, se leía:
“Pasar a cuenta de Anaís. Ella firma al final de mes. Samuel responde.”
—¿Quién trajo estas hojas? —pregunté.
Doña Marina miró a mi esposo.