Entonces Teresa vio un sobre blanco atorado bajo la puerta. Lo recogió. Estaba dirigido a Valeria, con el logotipo de una financiera que ella no conocía.
—¿Tú pediste un crédito? —preguntó.
Valeria negó con la cabeza.
Teresa abrió el sobre con cuidado.
El estado de cuenta mostraba una deuda vencida de noventa y siete mil cuatrocientos pesos. Había compras de una laptop para videojuegos, transferencias a una plataforma de apuestas y pagos a una tienda de criptomonedas.
El crédito había sido solicitado con la CURP, la credencial y los comprobantes de ingresos de Valeria.
Mauricio se lanzó hacia el papel.
—Dámelo. Yo puedo explicarlo.
Teresa apartó el brazo.
—¿Usaste los documentos de mi hija?
—Era una inversión. Lo iba a recuperar.
El celular de Valeria vibró sobre la mesa. En la pantalla apareció un mensaje de cobranza:
“Último aviso antes de iniciar acción legal”.
Valeria levantó la mirada, blanca de miedo.
Mauricio intentó arrebatarle el teléfono.
Y justo entonces alguien tocó la puerta tres veces.
Teresa miró a su yerno y dijo:
—Qué bueno. Llegaron antes de lo que esperaba.
PARTE 3
Mauricio dejó de respirar por un segundo.
—¿A quién llamaste?
Teresa no respondió. Caminó hacia la puerta y abrió.
Afuera estaban la licenciada Claudia Meza, abogada civil y amiga suya desde hacía años, y don Ernesto, el vecino de Xochimilco que había aceptado ayudar con la mudanza. Claudia llevaba una carpeta azul; don Ernesto, una expresión tan seria que Mauricio retrocedió sin darse cuenta.
—Buenas tardes —dijo la abogada—. ¿El señor Mauricio Salgado?
—¿Y usted quién es?
—La representante legal de la propietaria del inmueble.
Mauricio miró a Teresa con odio.
—Tenías todo planeado.
—No —contestó ella—. Planeaba hablar contigo porque la semana pasada un hombre llamó a mi casa preguntando por “el dueño del departamento de Portales”. Dijiste que eras tú y ofreciste este lugar como garantía de un préstamo. Por eso consulté a Claudia. Lo del trapeador solo me confirmó que fui demasiado paciente.
Valeria sintió que el piso se movía.
—¿También pusiste el departamento como garantía?
—No puse nada —respondió Mauricio demasiado rápido—. Solo dije que vivíamos aquí.
Claudia abrió la carpeta.
—Tenemos capturas de los mensajes que envió a un prestamista particular. Usted afirmó que el inmueble era suyo y mandó fotografías de una escritura. La escritura era falsa.
Mauricio se volvió hacia Valeria.
—Tu mamá está exagerando. Yo necesitaba capital. Cuando despegara el negocio, todo iba a cambiar.
—¿Qué negocio? —preguntó ella—. ¿El de apostar mientras yo empaco pedidos con el niño en brazos?
Él apretó la mandíbula.
—No sabes todo lo que he sacrificado.
Valeria soltó una risa seca, casi irreconocible.
—Yo tampoco sabía que dormir hasta el mediodía era un sacrificio.
La licenciada puso sobre la mesa un convenio de desocupación voluntaria. Explicó que el departamento pertenecía exclusivamente a Teresa, que había sido prestado para uso de su hija y que Mauricio podía retirar sus bienes personales, pero no destruir, vender ni llevarse objetos ajenos.
—Si firma —dijo Claudia—, se compromete a entregar las llaves mañana a las dos. Si no firma, la señora Teresa iniciará el procedimiento correspondiente. Y, por separado, Valeria puede denunciar el uso de sus documentos y el crédito obtenido sin consentimiento.
Mauricio clavó los ojos en su esposa.
—No vas a denunciarme. Soy el padre de tu hijo.
Esa frase, que antes la habría llenado de culpa, produjo algo distinto. Valeria miró a Mateo, que jugaba con la cinta de una caja sin entender nada.
—Precisamente porque eres su padre —respondió— debiste pensar en él antes de endeudarme.
Mauricio cambió de estrategia.
Se acercó con voz baja, casi cariñosa.
—Vale, amor, escucha. Cometí un error. Pero todos cometemos errores. Tú estabas cansada, yo me sentía presionado. Necesitaba demostrar que podía mantenerlos. Dame seis meses.
—Llevas dos años pidiéndome seis meses.
—Voy a vender la computadora.
—La computadora se compró con un crédito a mi nombre.
—Entonces la vendemos y pagamos una parte.
—No entiendes —intervino Teresa—. No se trata solo del dinero. Le robaste la tranquilidad, la identidad y el derecho a decidir.
Mauricio golpeó la mesa con la palma.
—¡Usted se metió en nuestro matrimonio desde el principio!
Mateo empezó a llorar.
Valeria lo tomó en brazos y sintió cómo el pequeño se aferraba a su cuello. Durante meses había soportado insultos, indiferencia y desprecio porque temía criar a su hijo sin padre. En ese instante comprendió que Mateo ya estaba creciendo sin uno. Tenía frente a él a un hombre que ocupaba espacio, comía, exigía y gritaba, pero nunca cuidaba.
—Firma —dijo Valeria.
—¿Me estás corriendo?
—No. Estoy dejando de cargarte.
Mauricio miró a todos. Nadie bajó la vista.
Finalmente tomó la pluma.
Firmó.
Aquella noche, el departamento se llenó de cajas. Teresa bañó a Mateo y lo acostó mientras Valeria guardaba ropa, facturas, productos y documentos. Claudia fotografió el estado de cada habitación para evitar acusaciones posteriores.
Mauricio empacó su computadora, dos consolas, ropa deportiva y una colección de tazas que presumía haber ganado en torneos de videojuegos. Cada vez que pasaba frente a Valeria, suspiraba con fuerza, esperando que ella se arrepintiera.
No ocurrió.