—Habla con mi mamá. —Ya hablé. Intenté entrar, pero ella bloqueó el paso. —No puedes llevártelos. Ya están instalados. —Entonces págame las mensualidades. Mariana soltó una risa baja. —No tengo trabajo. —Vende la pantalla.
Su expresión cambió. —Esa pantalla me la regaló mi hermano. Me quedé inmóvil. —¿Víctor te dijo eso? Ella entendió demasiado tarde. —Yo pensé que tú estabas de acuerdo. —¿Qué más te regaló?
Mariana desvió la mirada hacia una caja sobre el comedor. Reconocí el logotipo del banco. Mi banco. Entré antes de que pudiera detenerme. Dentro de la caja había una tarjeta adicional con su nombre y una hoja donde aparecía mi cuenta. —¿Qué es esto? Mariana palideció. —Pregúntale a tu esposo.
Mi teléfono comenzó a sonar. Era Víctor. No contesté. Debajo de la tarjeta encontré tres estados de cuenta. No solo había muebles. Había retiros, viajes y pagos de renta hechos durante más de un año. Todos cargados a una línea de crédito abierta con mis datos.
Entonces Mariana cerró la puerta con seguro. —Antes de que leas lo demás —susurró—, necesitas saber que Víctor no hizo esto solo.
¿Qué sucede después…? Parte 2:…
Parte 2:
Mariana se quedó apoyada contra la puerta, con la copa todavía en la mano. Sus amigas recogieron sus bolsos sin despedirse y salieron por la cocina, evitando mirarme. Cuando por fin nos quedamos solas, dejó la copa sobre el comedor nuevo.
—Mi mamá abrió la primera cuenta —dijo. Sentí que el aire se volvía más pesado. —¿Cómo? —Tenía copias de tus documentos desde que se mudaron con ella. Víctor consiguió una firma tuya de un contrato viejo y con eso hicieron los primeros trámites.
Miré otra vez la tarjeta adicional. Mi nombre aparecía como titular, pero la dirección registrada era la casa de Rosa. Mariana había tenido acceso durante más de un año sin que yo recibiera un solo estado de cuenta.
—¿Y tú aceptaste usarla? Bajó la mirada. —Al principio pensé que era de Víctor. —Tu nombre está impreso en la tarjeta. —Él dijo que te daba vergüenza hablar de dinero y que todo era parte de un acuerdo entre ustedes. Solté una risa seca. —Qué fácil les resultó creer eso.
Mariana abrió un cajón del comedor y sacó una carpeta más pequeña. Había recibos de hoteles, boletos de avión y pagos de renta. También encontré compras en boutiques y depósitos a una cuenta a nombre de Rosa.
—¿Cuánto gastaron? —No sé. —Mientes. —Más de doscientos mil —admitió al fin—. Tal vez un poco más. Las piernas me fallaron y tuve que sentarme en la sala que yo misma estaba pagando. El plástico crujió debajo de mi cuerpo. Mariana se quedó de pie, abrazándose los brazos.
—¿Por qué me estás diciendo esto ahora? —Porque Víctor quiere que firme otra tarjeta. Levanté la vista. —¿Otra? —Dice que tu línea ya no alcanza. Quiere sacar un préstamo con la casa de mi mamá como garantía. —La casa no es de Víctor. Mariana tardó en responder. —Eso es lo que tú crees.
Sacó una copia de una escritura. En la última página aparecía una cesión de derechos firmada por Rosa y Víctor seis meses atrás. La casa estaba ahora a nombre de ambos. Sentí una presión detrás de los ojos.
—Rosa siempre dijo que era solo de ella. —La puso a nombre de Víctor para que el banco aprobara el préstamo. —¿Y qué tiene que ver mi crédito? —Tu historial era mejor. Usaron tus ingresos para aparentar que la familia podía pagar.
Mi teléfono volvió a sonar. Esta vez era Rosa. Contesté. —Regresa a la casa —ordenó—. Ya hiciste suficiente. —¿Cuántas cuentas abriste con mis datos? Hubo un silencio breve. —No hables de cosas que no entiendes. —¿Cuántas? —Todo se hizo para ayudar a la familia.
Mariana cerró los ojos. —Dile lo del seguro —murmuró. Rosa escuchó. —Cállate, Mariana. Me puse de pie. —¿Qué seguro? Ninguna respondió.
Mariana caminó hasta un mueble y sacó un sobre blanco. Dentro había una póliza de vida a mi nombre. Víctor figuraba como beneficiario y Rosa como beneficiaria sustituta. La fecha era de ocho meses atrás.
—Yo nunca contraté esto. —Víctor dijo que era obligatorio para el préstamo —explicó Mariana—. Mi mamá llevó a una mujer al taller para que firmara como tú. Sentí náuseas. —¿Qué mujer? —No sé. Solo sé que usó una copia de tu credencial.
Del teléfono salió la voz de Rosa. —Están exagerando. —Falsificaron mi firma, abrieron créditos y contrataron un seguro de vida. —No te ha pasado nada. La frase me heló. —¿Eso es lo único que te preocupa?
Víctor comenzó a golpear la puerta desde afuera. —Abre, Mariana. Ella retrocedió. —No le abras. Los golpes se hicieron más fuertes. —Sé que está ahí —gritó—. Tenemos que hablar antes de que cometa una estupidez.
Guardé la póliza, los estados de cuenta y la escritura dentro de mi bolsa. Mariana tomó su teléfono y comenzó a grabar. —¿Qué vas a hacer? —preguntó. —Primero voy al banco. Después a la policía.
Víctor dejó de golpear. —Si denuncias, mi mamá pierde la casa. Me acerqué a la puerta sin abrir. —Mi hijo perdió su computadora. Yo perdí mi crédito. Y ustedes llevaban más de un año perdiendo mi vida por mí.
Hubo un silencio. Luego Víctor habló más bajo. —No entiendes para qué era el seguro. Mariana me miró. —¿Entonces para qué? Él tardó unos segundos. —Porque el préstamo no era para los muebles.
Sentí que el pecho se me cerraba. —¿Para qué era? Del otro lado de la puerta se escuchó la voz de Rosa. —Víctor, no digas nada. Pero él ya había empezado. —Mi mamá debía dinero a gente que no acepta retrasos. Y la póliza era la única garantía que estuvieron dispuestos a recibir.
Mariana palideció. —¿Qué gente? Víctor no respondió. En ese momento, alguien más tocó la puerta. Tres golpes lentos. Después una voz de hombre habló desde el pasillo.
—Señora Mariana, venimos por la pantalla, la camioneta y la documentación de la póliza. Su hermano sabe quiénes somos.