Hubo unos segundos de silencio.
—Mi mamá acaba de desmayarse.
No entendía nada.
—¿Qué tiene que ver eso conmigo?
Respiró profundamente.
—Después de cuidar al bebé solo unas horas… empezó a decir que nunca imaginó que alguien pudiera vivir tantas semanas sin dormir. Dice que no dejó de llorar en todo el día… y encontró algo entre las cosas que trajiste.
Sentí un escalofrío.
Yo no había dejado ninguna carta.
—¿Qué encontró?
—Un cuaderno.
Dice que quiere que vengas inmediatamente… porque después de leer la primera página entendió que llevabas más de un mes ocultándonos algo que ninguno de nosotros fue capaz de ver.
¿Qué pasó después… ? Parte 2:…..
**Parte 2:**
Regresé a casa de mi suegra con el corazón acelerado. Durante todo el camino pensé que algo le había ocurrido a mi hijo. Al entrar lo encontré profundamente dormido en los brazos de mi esposo. Estaba tranquilo. Seguro. Alimentado. Respiré por primera vez en varias horas. Entonces vi a mi suegra sentada en el sofá con los ojos completamente enrojecidos y el cuaderno abierto sobre las piernas.
No dijo una sola palabra.
Solo me extendió el cuaderno.
—¿Todo esto lo escribiste tú?
Asentí.
Aquel cuaderno nunca fue un diario.
Era una forma desesperada de mantenerme consciente.
Cada vez que el bebé se dormía, anotaba la hora.
Después escribía cuánto tiempo había descansado yo.
La mayoría de las páginas decían exactamente lo mismo.
*”Dormí treinta y ocho minutos.”*
*”Hoy fueron cuarenta y dos.”*
*”Llevo cincuenta y siete horas sin dormir más de una hora seguida.”*
Más adelante las frases cambiaban.
*”Hoy olvidé si ya le había dado de comer.”*
*”Metí las llaves en el refrigerador.”*
*”Lloré porque no recordaba qué día era.”*
*”Hoy tuve miedo de quedarme dormida con él en brazos.”*
La última página estaba escrita la madrugada anterior.
*”Si mañana no pido ayuda, tengo miedo de convertirme en un peligro para mi propio hijo.”*
Mi suegra rompió a llorar.
—Yo… pensé que solo estabas cansada.
La miré con tranquilidad.
—No estaba cansada.
Estaba colapsando.
Mi esposo tomó el cuaderno y comenzó a leerlo por primera vez.
Cada página hacía más largo el silencio.
Cuando terminó, levantó la vista completamente destrozado.
—¿Por qué nunca me dijiste que estabas así?
Sonreí con tristeza.
—Porque cada vez que intentaba decir que ya no podía más… alguien respondía que todas las madres pasan por esto.
Nadie volvía a preguntarme cómo seguía.
En ese momento habló mi suegra.
Con la voz todavía temblando.
—Hoy entendí algo.