Mauricio lo miró. Después volteó hacia la quinta fila, donde Renata lloraba abrazada por su niñera. La niña no tenía una sola herida.
Aun así, Mauricio se inclinó, separó los dedos de Mateo de su ropa y corrió por Renata.
—Papá, por favor…
Mi hijo siguió agarrando el aire.
El último tornillo cedió. Empujé a Mateo hacia el pasillo, pero una caja de botellas cayó sobre su pierna. El hueso atravesó la piel. Mateo no gritó; solo me miró con lágrimas silenciosas.
—Mamá —susurró—, ya no necesitamos a papá.
En la ambulancia, Mauricio intentó tocarlo. Mateo escondió la cara en mi pecho.
Al llegar al Hospital ABC de Santa Fe, Valeria corrió hacia nosotros.
—¿Cómo está Renata?
Mauricio la abrazó.
—Está bien. Yo me aseguré de sacarla primero.
Mateo abrió los ojos justo cuando los médicos lo llevaban a cirugía. Escuchó cada palabra.
Mientras nuestro hijo entraba al quirófano con la pierna destrozada, Mauricio se quedó en la entrada secándole las lágrimas a otra mujer.
Ese día murió mi matrimonio, aunque Mauricio todavía no lo sabía.
Y nadie podía imaginar lo que yo haría después.
PARTE 2
La cirugía duró cuatro horas. A Mateo le colocaron una placa de titanio y varios tornillos. El traumatólogo advirtió que la recuperación tomaría entre ocho y diez meses y que, por su edad, quizá necesitaría otra operación.
Mauricio apareció cuando todo había terminado.
—Ya contacté al mejor especialista del país —anunció—. El dinero no importa.
—Gracias, señor Alcázar —respondí.
Se quedó inmóvil.
—¿Cómo me llamaste?
—Señor Alcázar.
Desde ese momento dejé de discutir, reclamar y llorar frente a él. Durante años, cada vez que me ignoraba, yo terminaba cocinando su platillo favorito para reconciliarnos. Esta vez no. Mi calma lo inquietaba más que cualquier grito.
Al día siguiente, Mauricio se acercó a la cama.
—Mateo, papá vino a verte.
Mi hijo lo observó apenas un segundo.
—Gracias, señor Alcázar.
Mauricio palideció.
Intentó explicarle que en el autobús había confusión, que Renata lloraba, que actuó por instinto.
—Renata era más importante —dijo Mateo, sin levantar la voz—. Me duele la pierna. Quiero dormir.
Cerró los ojos.
Esa misma tarde, Mauricio recibió una llamada de Valeria. Renata, según ella, tenía pesadillas. Él se fue y no volvió en tres días.
Cuando dieron de alta a Mateo, encontramos a Valeria y Renata instaladas en nuestra casa. Sus zapatos ocupaban la entrada. Los libros de mi hijo habían sido guardados en la bodega y reemplazados por muñecas. La sala de juegos, que Mateo llamaba su castillo, tenía cortinas rosas.
—Será solo mientras Renata se recupera del susto —dijo Mauricio.
Después le quitó a Mateo sus horarios de piano para dárselos a ella.
—Tú no puedes sentarte bien con el yeso. Sé generoso. Renata no tiene papá.
Mateo lo miró con una serenidad que no correspondía a un niño de cinco años.
—Tiene razón, señor Alcázar. Puede darle mis juguetes, mis libros y el piano.
Cuando nos quedamos solos, le pregunté por qué había entregado todo.
—Si le doy todo, ya no tendrá motivos para entrar a mi cuarto.
Aquella noche cortó con unas tijeras el saco azul que llevaba durante el accidente, además de dos abrigos que Mauricio le había regalado.
—No quiero nada que venga de él.
Mientras Mateo destruía la última prenda, yo revisaba en secreto una carpeta: demanda de divorcio, solicitud de custodia provisional, contrato de un departamento frente al mar en Puerto Vallarta y admisión en una escuela bilingüe con rampas.
Mauricio creía que yo dependía por completo de su tarjeta. Ignoraba que mi padre me había dejado una herencia antes de morir y que, durante seis años, yo había invertido cada peso que lograba ahorrar. Mi cuenta personal superaba los treinta y un millones de pesos.
El lunes llevé a Mateo a retirarlo del preescolar. Mauricio llegó con Valeria y Renata. La directora los recibió como si fueran una familia.
—Señor Alcázar, usted y la mamá de Renata hacen una pareja preciosa.
Mauricio no la corrigió.
Cuando le pedí que firmara la baja de Mateo, se enfureció.
—La casa, la escuela y la tarjeta que usas son mías. Si te vas, no te llevas un centavo.
Saqué la tarjeta negra y la dejé sobre el mostrador.
—No quiero tu casa, tu dinero ni tu apellido.
Mateo lo miró desde la silla de ruedas.
—No hace falta que firme, señor Alcázar. Donde voy a estudiar, usted no aparece como mi familia.
Delante de todos, Mauricio perdió el color del rostro.
Aun así, seguía convencido de que yo estaba fingiendo para asustarlo.
No sabía que los boletos estaban comprados, las maletas listas y la demanda presentada.
En menos de cuarenta y ocho horas descubriría que llevaba seis años equivocado.
PARTE 3
La primera vez que empecé a guardar dinero no fue por ambición. Fue por miedo.
Durante nuestro primer invierno de casados tuve casi cuarenta grados de fiebre. Mateo aún no nacía. Llamé a Mauricio para pedirle que me llevara a urgencias.
—Estoy ocupado. Pide un taxi —contestó.
Regresó de madrugada oliendo al perfume de Valeria, que entonces todavía vivía fuera del país.
Aquella noche entendí que una mujer sin independencia puede quedarse atrapada incluso dentro de una mansión. Mi padre me había heredado dos locales comerciales en Guadalajara. Los vendí, invertí el dinero a mi nombre de soltera y añadí lo que sobraba del presupuesto mensual de la casa. Mauricio nunca revisaba las cuentas; para él, yo era una ama de casa incapaz de sobrevivir sin su apellido.
Se equivocó.
Mi abogada, Fernanda Cárdenas, había reunido los videos del accidente, los reportes médicos, los testimonios de los rescatistas y el historial escolar que demostraba que Mauricio nunca asistía a juntas, festivales ni consultas. Con eso solicitó una medida provisional para que Mateo viviera conmigo mientras se resolvía el divorcio. No estaba secuestrando a mi hijo ni huyendo de la justicia. Estaba saliendo, por primera vez, por una puerta legal que había preparado durante años.
La víspera del viaje coincidió con el sexto cumpleaños de Mateo.
Compré un pastel pequeño de chocolate. Decoramos su yeso con un mar azul y comimos en su habitación porque abajo Mauricio cenaba con Valeria y Renata. Él había dicho que tenía una reunión de negocios. Ni siquiera recordó la fecha.
—¿Papá va a subir? —preguntó Mateo.
No quise mentir.
—No lo sé, amor.
Esperamos hasta las nueve. Después sopló la vela sin pedir un deseo.
—Ya pedí uno en el hospital —dijo—. Que tú y yo estemos tranquilos.
Me entregó un dibujo. Éramos dos figuras tomadas de la mano frente a una casa con cortinas azules. No había una tercera persona.
Cuando se durmió, guardé su ropa, sus libros, El principito y una tienda de campaña barata que yo había comprado en un tianguis. Era lo único que no quiso regalar porque Mauricio nunca había notado que existía.
Dejé todos los bolsos, relojes y joyas que mi esposo me había dado. También dejé el vestido blanco de nuestra boda civil. Ese día, apenas salimos del registro, Mauricio recibió una llamada y me pidió que volviera sola en taxi. Durante seis años conservé aquel vestido como si pudiera proteger un recuerdo que nunca había sido feliz.
Me quité el anillo y lo deposité en el bote de basura de la entrada.
A las cuatro cincuenta de la mañana, cargué a Mateo hasta el automóvil. Él abrazaba su tienda con una mano.
—Mamá, ¿ahora sí vamos a ser felices?
—Ahora sí vamos a aprender a serlo.
El vehículo salió de Bosques de las Lomas rumbo al aeropuerto. Mateo no miró hacia atrás.
Mauricio regresó a casa esa tarde. Según su asistente, había cancelado una cena porque una sensación extraña no lo dejaba concentrarse.
Encontró la casa oscura.
Primero vio mis llaves sobre la consola. Luego, el anillo entre una servilleta y una liga rosa. Subió corriendo. El armario de Mateo estaba vacío. Mi ropa había desaparecido. En la habitación solo quedaba el vestido blanco.
En el comedor encontró el pastel derretido. La crema formaba un charco sobre la mesa. Todavía podía leerse: “Feliz sexto cumpleaños, Mateo”.
Mauricio se quedó mirando la fecha.
Había olvidado el cumpleaños de su propio hijo.
Junto al pastel estaba el dibujo de Mateo: mamá y niño, tomados de la mano. Ningún padre.
Intentó llamarme. Mi número ya no existía. Me buscó por mensajes, redes y contactos comunes. Nada.
Entonces llamó su abogado.
—Acaban de entregarnos la demanda de divorcio —le informó—. Mariana renuncia a cualquier participación en sus empresas, propiedades y cuentas. Solo solicita la custodia principal de Mateo y el derecho de decidir su tratamiento y escuela.
—Ella no tiene dinero. No puede irse.
Hubo un silencio incómodo.