Cuando llegó el momento de cantar, ella miró las velitas con una seriedad enorme.
—Mami, ahora sí.
Rodrigo encendió la primera.
Yo la segunda.
Jimena sopló las 7 velas atrasadas y una más “por si acaso”, según ella.
Todos aplaudimos.
Yo la abracé tan fuerte que protestó riéndose.
—Mamá, me aplastas.
—Perdón —le dije—. Es que a veces una abraza también lo que casi perdió.
Esa noche, cuando la casa quedó en silencio, encontré el vaso de unicornio guardado al fondo de un gabinete.
No lo tiré.
Lo lavé una última vez, lo envolví en papel y lo metí en una caja con los documentos del caso.
No como recuerdo de miedo.
Sino como prueba.
De que una madre puede temblar y aun así pensar.
Puede llorar y aun así ver.
Puede ser llamada exagerada, intensa, loca, inestable… y aun así tener razón.
Porque a veces el monstruo no entra por la ventana.
A veces llega con bolsas del súper, te besa en la mejilla y dice:
—Yo me encargo.
Y por eso, cuando una mujer dice “algo no está bien”, tal vez no necesita calmarse.
Tal vez necesita que alguien mire la cámara antes de que sea demasiado tarde.