Don Esteban, compañero de mi suegro, confirmó la sospecha. Me entregó dos hojas de nómina: el residencial pagaba cada mes por doce vigilantes, pero solo seis trabajaban. Los salarios de los otros seis desaparecían entre la empresa de seguridad, el administrador y alguien del comité.
Después apareció doña Lupita, una vecina de ochenta años. Desde su ventana había grabado la bofetada. En el video se veía el golpe y se escuchaba con claridad a Ximena gritar: “No es más que un vigilante”.
Ya teníamos la agresión, las nóminas falsas y los contratos adjudicados a escondidas.
Viajé con Arturo a Tepatitlán para hablar con los propietarios del 1203. La pareja estaba agotada por las amenazas de su inquilina. Les ofrecí el precio completo, sin regatear, con una sola condición: en la escritura debía constar que compraba el inmueble para uso habitacional de mi familia.
—¿Por qué le interesa tanto? —preguntó la señora.
—Porque mi suegro vive en un cuarto húmedo y la mujer que ocupa su departamento acaba de golpearlo.
Firmaron ese mismo día.
Aún faltaba el momento correcto. En Los Olivos se había convocado una asamblea para votar el despido de tres guardias más. Mauricio y Ximena planeaban sustituirlos con cámaras administradas, casualmente, por otra empresa de él.
La noche anterior abrí un clóset que casi nunca tocaba. Saqué un traje oscuro, el mismo tipo de ropa que usaba cuando dirigía reuniones de inversión. Diez años atrás, cansada de ver a mi familia biológica pelear por herencias, había entregado la operación diaria de mi compañía a Arturo. Conservé la presidencia y mis propiedades, pero elegí vivir sin escoltas, joyas ni apariencias junto a Andrés y su padre, las primeras personas que me quisieron sin preguntar cuánto tenía.
Durante esa década compré discretamente catorce departamentos en Los Olivos. Nadie lo sabía.
El día de la asamblea, doscientas personas llenaron el salón. Don Ernesto estaba de pie junto a los otros guardias, con uniforme de manga larga a pesar del calor. Ximena hablaba al micrófono y pedía despedir a “los viejos inútiles”.
Cuando comenzó la votación, me levanté desde la última fila.
—Antes de que decidan, tengo algo que mostrar.
Ximena me miró sin reconocerme.
—¿Y usted quién es?
Las puertas se abrieron. Arturo entró con una carpeta, caminó hasta mí y se inclinó respetuosamente.
—Presidenta Daniela Salgado, traje todos los documentos.
El micrófono cayó de la mano de Ximena.
Y todavía no había visto la primera página.
PARTE 3
El salón quedó en silencio. Algunos vecinos tardaron varios segundos en relacionar a la mujer del traje oscuro con la nuera que cada madrugada cruzaba el jardín cargando recipientes de comida.
El administrador, Raúl Ortega, fue el primero en reaccionar.
—Esta es una asamblea privada —dijo, intentando recuperar autoridad—. Necesitamos saber qué derecho tiene usted para intervenir.
Arturo colocó mi identificación y varias escrituras sobre la mesa.
—Me llamo Daniela Salgado —respondí—. Vivo en la torre tres desde hace diez años. También soy propietaria de catorce departamentos dentro de este residencial. Por lo tanto, hoy represento catorce votos legalmente registrados.
Un murmullo recorrió las filas.
Ximena apretó el micrófono.
—Eso no le da derecho a venir a amenazarnos.
—No he amenazado a nadie. Vine a evitar que ustedes despidan a tres hombres para seguir cobrando el salario de doce.
Mauricio se puso de pie tan rápido que tiró su silla.
—¡Eso es una calumnia!
Arturo proyectó en la pantalla las facturas mensuales de la empresa de seguridad. Luego mostró las listas reales de asistencia. Durante catorce meses, el residencial había pagado doce plazas completas. Solo seis guardias aparecían en turnos, registros de acceso y declaraciones ante el seguro social.
—La diferencia supera los dos millones de pesos —explicó Arturo—. Parte del dinero fue transferida a una empresa vinculada con el administrador y otra parte terminó en una cuenta relacionada con el señor Mauricio Beltrán.
La cara de Mauricio perdió color.
Raúl intentó salir por una puerta lateral, pero dos abogados y un representante de la empresa auditora estaban esperando afuera.
—No se vaya, señor Ortega —dije—. La denuncia ya fue presentada. Falsificación de firmas, administración fraudulenta y desvío de cuotas vecinales.
Los gritos comenzaron. Vecinos que minutos antes aplaudían los recortes exigían explicaciones. Mauricio alegó que todo era una confusión contable. Raúl culpó a la empresa de seguridad. Ximena gritó que yo estaba usando dinero para vengarme.
—Tiene razón en una cosa —le respondí—. Esto empezó por algo personal.
Saqué la escritura del departamento 1203.
—Desde hace una semana, esa propiedad me pertenece.
Ximena soltó una risa nerviosa.
—Eso es imposible. Ese es mi hogar.
—Es el departamento que usted renta. Su contrato termina en noviembre y los antiguos dueños decidieron vender después de recibir sus llamadas, sus amenazas y sus exigencias. La compra quedó registrada para uso familiar. No habrá renovación.
—¡No puede correrme con una niña pequeña!
—No la estoy sacando hoy. Tendrá los cuatro meses establecidos, se respetará cada depósito y cada obligación legal. Lo que no tendrá es el derecho de tratar como sirvientes a quienes no pueden defenderse de usted.
Ximena miró a Mauricio esperando que la protegiera, pero él estaba ocupado hablando en voz baja con su abogado.