Una mañana recibí una invitación para la inauguración de su nueva residencia.
Pensé que era la oportunidad perfecta para volver a verlo.
Preparé un dulce de nuez que siempre le gustaba y guardé dentro de una caja las cartas que él mismo me había escrito cuando era pequeño.
Quería devolvérselas.
Creí que le haría ilusión.
Cuando llegué, quien abrió la puerta fue su prometida.
Me observó de pies a cabeza.
—¿Busca trabajo?
Sonreí con nervios.
—No, hija. Vengo a ver a Iván.
Ella dudó unos segundos antes de llamarlo.
Iván apareció.
Reconocí inmediatamente sus ojos.
Él también me reconoció.
Pero no sonrió.
Miró alrededor para comprobar que nadie escuchaba.
Después habló en voz baja.
—Clara… no debiste venir.
Sentí un nudo en la garganta.
Le mostré la caja.
—Solo quería entregarte esto.
Él ni siquiera la tomó.
Su prometida permanecía observando desde la entrada.
Entonces dijo algo que jamás imaginé escuchar.
—Hay personas de mi empresa. Prefiero que no sepan detalles de mi pasado.
No entendí al principio.
Hasta que añadió:
—Es mejor que ya no vuelvas a buscarme.
No discutí.
Regresé caminando a mi casa con aquella caja todavía entre los brazos.
Esa noche abrí una de sus viejas cartas.
*”Pase lo que pase, siempre vas a ser mi familia.”*
La doblé otra vez sin derramar una sola lágrima.
Pensé que aquella historia había terminado para siempre.
Me equivoqué.
Casi un año después alguien golpeó mi puerta antes del amanecer.
No era Iván.
Era un abogado.
Traía un sobre grueso, un poder notarial y una frase que cambió por completo todo lo que yo creía saber sobre la vida que Iván llevaba desde hacía años.
—Señora Clara… él acaba de perder algo que ningún juez puede devolverle, y antes de que sea demasiado tarde necesita que usted conozca toda la verdad.
¿Qué pasó después… ? Parte 2:…..
**Parte 2**
Abrí la puerta sin imaginar que aquel hombre cambiaría por completo la imagen que conservaba de Iván. El abogado se presentó, me entregó su tarjeta y dejó un sobre grueso sobre la mesa de mi pequeña cocina.
—Mi nombre es Alejandro Fuentes. Represento al señor Iván Herrera.
Lo miré con frialdad.
—Hace un año él me pidió que no volviera a buscarlo.
El abogado bajó la cabeza.
—Lo sé. Y se arrepintió de esas palabras mucho antes de lo que usted imagina.
No respondí.
Él abrió lentamente el expediente.
Dentro había recortes de prensa, demandas mercantiles, estados financieros y varios documentos judiciales.
La empresa que convirtió a Iván en uno de los empresarios más jóvenes del norte del país había quebrado después de que dos socios desviaran millones de pesos utilizando contratos falsificados.
Los bancos congelaron las cuentas.
Los inversionistas iniciaron demandas.
Los medios comenzaron a hablar de fraude antes de que terminara la investigación.
Pero eso no era lo peor.
El abogado sacó una carpeta médica.
—Hace cuatro meses le diagnosticaron insuficiencia renal avanzada.
Sentí que el corazón se encogía.
—¿Está… muy grave?
Asintió lentamente.
—Necesita un trasplante. Los médicos creen que todavía hay posibilidades, pero el tiempo juega en su contra.
Me quedé inmóvil.
Aun así seguía sin entender por qué aquel hombre había llegado hasta mi casa.
Entonces colocó sobre la mesa un poder notarial firmado por Iván.
—Antes de ingresar al hospital nos pidió localizarla.
Levanté lentamente la vista.
—¿Para qué?
El abogado respiró profundamente.
—Porque perdió la confianza en todos los que lo rodeaban.
Sus antiguos socios desaparecieron.
La prometida rompió el compromiso apenas comenzaron las deudas.
Muchos de los amigos que aparecían en las fotografías dejaron de contestarle el teléfono.
Solo pronunció un nombre.
El suyo.
Saqué una de las viejas cartas que Iván escribió cuando era niño.
La coloqué junto al expediente.
El abogado la observó en silencio.
—Nunca dejó de hablar de usted.
Solo tuvo miedo de que la gente descubriera que no provenía de la familia que inventó para abrirse camino.
Quiso parecer alguien distinto.
Y terminó perdiéndose a sí mismo.
Aquellas palabras dolían más que cualquier enfermedad.
El abogado me entregó un último sobre.
—Esto debía dárselo únicamente si aceptaba escuchar toda la historia.
Lo abrí.