El día de la boda de mi hija, nuestro chofer me obligó a acostarme en el asiento trasero y me cubrió con una manta. “No diga nada, solo escuche”, susurró. Minutos después oí al novio hablar de tres meses, una deuda de 40 millones y un accidente preparado para mí. No salí del auto: encendí la grabadora y esperé la ceremonia.

PARTE 2
Tomás llevó a Eugenio de regreso al auto. Allí le mostró fotografías de Rodrigo reuniéndose con un hombre investigado por lesiones y extorsión, una transferencia de un millón de pesos a una empresa fantasma y una grabación tomada tres días antes en el estacionamiento de una plaza comercial. La voz de Rodrigo se escuchaba con claridad: —Después de la boda esperamos tres meses. El señor Barrera come los martes y jueves en San Pedro. Los viernes vuelve de su quinta cerca de las diez. Tiene que parecer un choque o una falla mecánica. Eugenio reconoció su propia rutina. —¿La policía ya sabe? —Desde hace tres días —respondió Tomás—. Un amigo de la fiscalía está siguiendo al supuesto ejecutor. Querían atraparlos con pruebas suficientes. Eugenio guardó silencio. Después cruzó el patio y tocó la puerta del departamento. Verónica abrió. Al verlo, perdió el color. —Usted es el papá de Mariana. —Escuché todo. Ella bajó la mirada. —Intenté advertirle. Le mandé un mensaje y llamé a su oficina, pero Rodrigo lo descubrió. Amenazó con quitarme a Renata y suspender su tratamiento. —Su marido también contrató a alguien para matarme. Verónica se dejó caer en una silla. —No. Es un mentiroso, un cobarde… pero eso no. Eugenio puso la grabación. Cuando terminó, ella abrió un cajón y sacó una carpeta: acta de matrimonio, fotografías familiares, estados de cuenta y copias de los mensajes que había intentado enviarle a Mariana. —Tiene dos opciones —dijo Eugenio—. Quedarse aquí y permitir que él destruya a mi hija, o venir conmigo y terminar esto hoy. La fiscalía estará presente. Rodrigo no podrá quitarle a Renata. La niña apareció con una diadema de plástico brillante. —Mamá, ¿por qué lloras? Verónica se secó el rostro. —Porque vamos a jugar a las princesas silenciosas. Nos vamos a un lugar muy bonito. En el camino, Eugenio llamó a su abogado, Sergio Cantú. Tomás confirmó que agentes vestidos de civil llegarían a la ceremonia en Santiago, Nuevo León. Antes de salir, Eugenio volvió a su casa para ver a Mariana. Ella bajó las escaleras descalza, con una bata blanca, el peinado a medio hacer y una sonrisa nerviosa. —Papá, me comí tres conchas del estrés y la estilista dice que voy a llenar el vestido de azúcar. Eugenio la abrazó con tanta fuerza que ella se rio. —No empieces a llorar todavía. Primero lloro yo, luego tú y después todas mis tías. En el cuello de Mariana colgaba el anillo de zafiro que había pertenecido a Lucía. —Prométeme que hoy vas a protegerme —pidió ella—. Sé que suena absurdo, pero necesito escucharlo. —Te protegeré, aunque por un momento llegues a odiarme. Mariana frunció el ceño, pero él besó su frente antes de que preguntara. En el jardín junto a la presa, doscientos invitados esperaban bajo una carpa blanca. Rodrigo sonreía frente al altar como si nada pudiera tocarlo. La ceremonia comenzó. Cuando el juez preguntó si alguien conocía una razón legal para impedir el matrimonio, Eugenio se puso de pie. —Sí —dijo—. Yo conozco una. Rodrigo palideció. Y por la entrada lateral apareció una niña que corrió hacia él gritando: —¡Papá! ¿Por qué no me invitaste a tu boda?
ME ENCANTARÍA LEER SUS COMENTARIOS ANTES DE CONTINUAR CON LA PARTE 3.
SI QUIEREN LEER LA PARTE 3 DE ESTA HISTORIA, POR FAVOR DENLE “ME GUSTA” A LA PUBLICACIÓN O DEJEN UN COMENTARIO. ❤️
¡GRACIAS POR SU APOYO!

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *