PARTE 2
Criar a cuatro hijos en una casa de dos cuartos fue como intentar detener una inundación con las manos. Mientras mi madre lavaba pañales de tela y preparaba biberones, yo conseguí empleo en una farmacia. Trabajaba de siete de la mañana a diez de la noche; mi padre alargaba sus turnos en el taxi aunque una hernia de disco le quemaba la espalda. Los niños crecieron viendo a sus abuelos empeñar herramientas, cancelar consultas y partir una pieza de pollo en seis porciones. También crecieron escuchando preguntas crueles. —¿Por qué en sus actas no aparece ningún papá? —¿Son hijos de cuatro hombres distintos? Mateo aprendió a defender a sus hermanos con los puños. Lucía dejó de invitar amigas a la casa. Emiliano fingía que su padre trabajaba en Estados Unidos y Santiago guardaba cada festival escolar como una herida, porque los otros niños llegaban sobre los hombros de sus papás. Cuando cumplieron trece años, dejaron de preguntarme quién era. A los diecisiete, el silencio ya se había convertido en resentimiento. Para pagar sus uniformes de preparatoria, mi madre volvió a encender la vieja máquina de coser y mi padre vendió el estéreo del taxi. Los cuatro entendieron que cada cuaderno nuevo significaba que sus abuelos renunciaban a algo. Una tarde me llamaron de la preparatoria. Mateo había golpeado a un compañero que llamó “bastardos” a sus hermanos. En la dirección, el padre del muchacho me señaló delante de todos. —Eso pasa cuando una mujer no sabe ni quién la embarazó. Mateo volvió a lanzarse sobre él. Lo abracé por la espalda y le juré que conocía perfectamente la identidad de su padre. —Entonces dinos su nombre —exigió—. ¿O todavía lo estás protegiendo? No respondí. Lo que nadie sabía era que llevaba catorce años buscándolo. Había recorrido terminales, hablado con antiguos choferes y enviado fotografías a sindicatos de transportistas. Un mes antes, un taxista jubilado me llamó: había visto a Julián mezclando cemento en una obra de Matehuala, San Luis Potosí. Viajé ocho horas para encontrarlo. Estaba flaco, encorvado y con el cabello casi blanco. Cuando le mostré las fotografías de los cuatro jóvenes, cayó de rodillas. Aun así, se negó a regresar. —Soy un enfermo, Teresa. No tengo dinero ni derecho a llegar a pedir lugar. Le advertí que, si no venía conmigo, llevaría a sus hijos hasta el campamento para que lo enfrentaran allí. Finalmente aceptó. La noche antes de su llegada reuní a todos durante la cena. —Mañana van a conocer a su padre. Mi madre dejó caer la cuchara. Mi padre se puso de pie temblando. Los muchachos me bombardearon con preguntas, pero solo dije que era alguien a quien los abuelos conocían muy bien. Al día siguiente, a las ocho, tocaron la reja. Julián entró con una mochila rota. Mi padre lo reconoció al instante. —¿Tú? —susurró antes de golpearlo con el bastón—. ¡Te traté como a un hijo! Mateo también quiso lanzarse sobre él. Yo me interpuse. Julián, sangrando del labio, sacó una carpeta amarillenta y la puso sobre la mesa. El documento había sido expedido un mes antes de su desaparición. Mi padre leyó el diagnóstico, soltó el bastón y se quedó sin voz…
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