—Sí habría funcionado —dijo con dulzura—. Porque tú ya no confiabas en mí.
Eso fue peor que cualquier grito.
Porque era verdad.
Yo había creído cada mentira.
Había pensado que Javier era resentido, pobre de espíritu, incapaz de aceptar que yo siguiera adelante. Había permitido que me convencieran de que el hombre que me amó era mi enemigo.
—Perdóname —susurré.
Javier se levantó despacio.
—No vine al mundo para que me pidieras perdón.
—Entonces dime qué quieres.
Me miró con esos ojos cansados.
—Quiero que vivas.
No dijo “quiero justicia”. No dijo “quiero recuperar mi vida”. No dijo “quiero que me ames otra vez”.
Solo dijo eso.
Y ese amor me destruyó.
Esa tarde lo llevé a un pequeño hotel. Compré ropa, zapatos, comida. Él aceptó apenas lo necesario. No quería lujo. No quería compasión.
Mientras se bañaba, revisé mi celular. Tenía doce llamadas perdidas de Alejandro.
Luego llegó un mensaje:
No hagas tonterías, Mariana. Hay cosas que no entiendes.
Minutos después, otro:
Vuelve a casa y hablamos como adultos.
Y finalmente:
Si sigues buscando, vas a perder mucho más que un matrimonio.
Le mostré el mensaje a Javier.
Su rostro palideció.
—Tienes que irte de México unos días.
—No.
—Mariana…
—Ya corrí una vez. No voy a correr otra vez.
Esa noche llamé a Lucía, mi mejor amiga de la universidad. Trabajaba como periodista de investigación. No le conté todo por teléfono. Solo le dije:
—Necesito que vengas. Y necesito que traigas a alguien de confianza.
Lucía llegó al hotel dos horas después con un abogado y una grabadora.
Javier habló durante tres horas.