Seguí leyendo. Mi padre explicaba que, un año antes de morir, descubrió que Rubí había usado documentos de mi madre para pedir un crédito a nombre de ella. No fue mucho para la gente que presume salas nuevas, pero para una mujer vieja era todo: la pensión, los ahorros de medicamentos, el dinero que papá guardaba para arreglar el techo y comprarle una cama ortopédica a Natividad. Cuando el banco llamó por atrasos, Rubí juró que había sido un error, que una gestora metió papeles equivocados, que si Arturo se enteraba se destruiría el matrimonio. Mi madre le creyó o quiso creerle. Papá no. Por eso juntó recibos, estados de cuenta, copias de identificaciones y un acta notariada donde dejaba asentado que Rubí y Arturo vivían allí solo por permiso de Natividad, sin derecho sobre la casa, sin facultad para cambiar habitaciones ni mover a la dueña de su cuarto.
Arturo dejó de fingir indignación y empezó a sudar. —Eso fue antes. Ya se arregló. —¿Se arregló con qué? —pregunté. Saqué el recibo de transferencia que venía en el sobre. Era de una cuenta de mi madre a una cuenta de Rubí, por ciento ochenta mil pesos, con concepto: “liquidación urgente crédito personal”. La fecha era dos días después de que mi mamá estuvo hospitalizada por presión alta. Rubí miró el papel como si pudiera borrarlo con los ojos. Yo entendí entonces por qué mi padre escribió perdonó una vez. Mi madre había pagado una deuda que no era suya para que Rubí no fuera denunciada. Y ahora esa misma mujer la mandaba a dormir en la cocina porque sus medicinas arruinaban la sala comprada con el dinero que le quitó.
Rubí reaccionó como siempre reaccionan los que sienten que la prueba les pisa los zapatos. Empezó a llorar. Dijo que estaba desesperada, que el crédito fue para ayudar a Arturo, que todo en esa casa se había comprado para la familia, que yo no sabía lo difícil que era vivir con una anciana enferma. La palabra anciana me pegó peor que un insulto. —Esa anciana te salvó de una denuncia —le dije—. Esa anciana pagó tu deuda. Esa anciana es la dueña de la casa donde hoy le negaste la sala. Arturo golpeó la mesa. —¡Es mi madre también! —Entonces tráela de la cocina —respondí—. Y dile frente a ella que la sala nueva vale más que su cama. No se movió.
Fui por mi madre yo misma. La encontré sentada en el petate, intentando desamarrar la bolsa de pastillas con dedos torcidos. Cuando la levanté, pesaba menos que mi memoria de ella. Me pidió otra vez que no hiciera problema. Le dije que el problema ya estaba hecho, pero por fin tenía nombre. La llevé a la sala. Rubí desvió la mirada cuando vio sus calcetas llenas de polvo y la marca del petate en su mejilla. Mi madre miró el sobre sobre la mesa y supo. No preguntó qué decía. Solo se sentó despacio, con una dignidad tan cansada que me dio ganas de arrodillarme frente a ella.