Entré con mi hijo de 6 años al restaurante de Serrano donde mi ex celebraba con su prometida. Nos miraron como si sobráramos y él dejó una tarjeta negra sobre la mesa y me dijo: “Di una cifra.” Le devolví la tarjeta y tomé a mi hijo para irnos, hasta que la puerta se abrió y mi hijo gritó “¡Abuelo!” con 11 cartas en la mano.

Entré con mi hijo de 6 años al restaurante de Serrano donde mi ex celebraba con su prometida. Nos miraron como si sobráramos y él dejó una tarjeta negra sobre la mesa y me dijo: “Di una cifra.” Le devolví la tarjeta y tomé a mi hijo para irnos, hasta que la puerta se abrió y mi hijo gritó “¡Abuelo!” con 11 cartas en la mano.

—No hay ninguna confusión —respondió.

Álvaro soltó una risa seca. Hacía 7 años que no la veía. La última vez, Lucía tenía 24, trabajaba en una pequeña gestoría de Chamberí y todavía creía que el amor podía sobrevivir a una familia que medía a las personas por apellido, patrimonio y contactos.

Él sacó una tarjeta negra de la cartera y la dejó sobre el mantel.

—Di una cifra.

Lucía tardó unos segundos en comprender.

—¿Qué?

—Lo que quieres. Dinero, un piso, un colegio privado para el niño. Pero deja de utilizarlo para entrar otra vez en mi vida.

Mateo bajó la mirada.

Lucía empujó la tarjeta hacia él.

—He criado a mi hijo sin pedirte un euro. Guárdate tu dinero.

—Eso dijiste antes de desaparecer.

—Yo no desaparecí.

Álvaro endureció la mandíbula.

—Firmaste un acuerdo. Recibiste una transferencia. Cambiaste de número. Te llamé durante meses.

Lucía se quedó inmóvil.

—¿Tú

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